Es una enorme sorpresa descubrir los libros de Lolita Bosch, periodista catalana radicada en México. Con una agilidad y habilidad admirables, la autora aborda temas que, de entrada, pueden parecernos delicados de plasmar y peligrosos de abordar: la violencia, el narcotráfico y los desaparecidos. Lolita tiene en su haber una larga cantidad de publicaciones. Me centraré en dos libros formidables, publicados en años recientes, los cuales, tengo la impresión, no recibieron la atención que ameritaban.

Campos de amapola. Antes de esto: Una novela sobre el narcotráfico (Ed. Océano, 2012) navega entre géneros: la crónica, el ensayo y la poesía en prosa. Desde la conciencia periodística de quien presencia la barbarie, Lolita nos dice: «no podemos explicar lo que vivimos ahora sin revisar los orígenes: cómo empezó todo». Bosch nos sumerge en la historia de los cárteles de narcotráfico en México, pero lo hace (¡vaya licencia literaria!) con lirismo y con dimensiones novelescas. Pero no lo olvidemos, diría Lolita, esto no es una novela.

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Su voz narrativa es potente, veloz, singularísima. El mayor mérito de su escritura reside en la incesante búsqueda por articular la violencia que asola a nuestro país. ¿Qué forma tiene la violencia? Porque se nos dice, se nos hace creer (¿de qué otra forma podría funcionar?) que la violencia no tiene forma.

Me atrevo a afirmar que Lolita aborda la violencia en su justa medida. ¿Qué quiero decir con esto? Tal vez su método o registro periodístico no es el mismo que el de otras colegas suyas (sería absurdo pensar que todos los periodistas imbuidos en el tema deben perseguir un único estilo o intención). Más allá de los hechos históricos y de las exigencias de la no-ficción, Campos de amapola está cargado de preguntas, de incertidumbres, de silencios. Silencio por los muertos y silencio ante aquel mal que, organizado, nos acecha, sin saber con certeza quiénes lo conforman.

Además de la toma de conciencia que suscita con respecto al uso de las drogas, el libro presenta una batalla directa con el lenguaje. Es una toma de conciencia sobre la escritura misma. Escribir a pesar del dolor y de la incomprensión. Escribir a pesar de la impotencia. Escribir para aniquilar la impotencia.

Se trata de un trabajo de investigación de años que es también un trabajo de selección de fuentes: una escritura-mosaico que no aturde al lector con cifras y fechas, y que de paso lo introduce a las voces periodísticas que, con valentía, han ejercido un oficio ya considerado como mortal, desde Sanjuana Martínez hasta el fallecido Jesús Blancornelas.

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Más breve pero no menos estremecedor es Roy desaparecido (Ediciones B, 2015). Nos relata la desaparición de Roy Rivera Hidalgo, joven regiomontano que en el año 2011 fue secuestrado frente a su madre y hermano. En este texto-duelo, Bosch nos presenta la otra cara de la historia. No la de las hazañas de los poderosos, sino la de la tragedia personal de las víctimas de la narcoguerra.

La referencia inmediata ante el caso de Roy parece evidente: El proceso de Kafka. Aquel que, sin saber el motivo, pierde la libertad y sus derechos, con una absurda burocracia como telón de fondo; unas “autoridades” que le responden que “no saben nada” a una mujer a quien le arrebataron a su hijo en su propia casa. Mediante entrevistas a Letty, madre de Roy, y Richi, su hermano, Lolita da voz a los familiares de los desaparecidos, «a quienes ningunean las autoridades, los criminales y la sociedad».

Al acabar el libro me hice una pregunta crucial, quizá exagerada: ¿qué libro considero hoy por hoy que todos deberíamos leer? Más allá de las nociones elitistas de “la importancia de leer los clásicos” y “el canon occidental”, me atrevo a afirmar, casi como una gran excepción, que Roy desaparecido es un libro que todos debemos leer. No porque considere que el lector deba encausarse hacia el activismo, sino porque leerlo nos hace más humanos, más compasivos (si bien esa es, idealmente, la misión de cualquier buen libro); lo hace, además, desde un presente histórico, un aquí y ahora que nos concierne a todos los mexicanos.

Quisiera imaginar a nuestro país en un futuro, libre de violencia. Entonces me pregunto qué legado dejará y cómo envejecerá esta escritura periodística tan nueva (y que, podríamos pensar, erróneamente, está demasiado anclada a su contexto). No dudo que trascenderá como un testimonio importante de una época de crisis.

Por otro lado, duele pensar que ese futuro referido anteriormente es poco plausible, dado el desinterés total de nuestras autoridades por hallar una solución. Y no: no podemos neutralizar la ineptitud, ni dar por sentada la violencia y la corrupción. Hay que reflexionar, preguntar y alzar la voz. Este es el impulso detrás de Roy desaparecido y Campos de amapola.