Verde la palabra que aleatoriamente me he impuesto hoy a las seis de la mañana. Pareciera más que me nombra como vaticino de lo que perderé; una señal de lo que ahora me rodea. Digo verde y sonrío. El verde de mi ventana suena a chicharras desveladas que compiten con sus maquinarias eléctricas por ser la más fértil del grupo. Mi verde se mezcla con amarillo y cobalto de los techos de templos y las geometrías de las tejas. A verde me sabe esta casa que ya es más mía que todas las anteriores en que he transcurrido los años pasados. Porque sí se puede envejecer cinco años en unos meses.

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Y miro al frente, y miro adentro y de pronto me siento de planta y tierra fértil. Hoy, de un verdor húmedo y regocijado. También están los días verdes violentos de moho y encierros oscuros. El verde me sabe pastoso y terrenal. Cantan, cantan pequeños ruidosos compitiendo con los gallos exhaustos del medio día. Verdes las calles y los márgenes del río, los arrozales y las atajos que tomo hacia el trabajo, las veredas y los cocos, las papayas niñas, los pastos altos, los limones, las palmas y el cristal vacío del vino.

Sé que me harás falta, me haremos falta. Y te buscaré en los camellones del periférico y entre las apretadas pirámides de Cuicuilco. Me iré de casa por la mañana cuando la ciudad duerme y me plantaré cerca de los márgenes de la ciudad –que no existen- para invocar a la cigarras muertas. Y mi verdor habrá desaparecido. Mi verdor, ¿habrá desaparecido? Me sentaré en los jardines apretados y matemáticos que están paraditos, muy quietos, afuera de las oficinas. Como quien asecha: si ponen atención, encontrarán mi cabeza desordenada escondiéndose atrás de esos arbustos rectangulares que nacen desde los huecos de asfalto de la ciudad. Tener un arbusto cuadrado es como criar un gato en una botella de vidrio.

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Evitaré el frío esperando que no proliferen mis líquenes y me tumbaré desnuda al sol en casa de mis padres explicándoles que estoy regando mi fertilidad de planta, de mujer verde. Haciendo fotosíntesis, como la primera vez que después de hacer el amor lo único que quise fue sentarme en aquella esquina del departamento de su abuela dejando que mi cuerpo bebiese de los rayos de sol que se colaban por la ventana. Puedo sentir mi cuerpo de hace años, la textura de la alfombra bajo las nalgas y el sol que me pinta en rayas de tibio la piel desnuda.

Verde como el verde que quiero ser e intuyo apenas estoy gestando. Verde como el que veo a través de mis gafas de sol y que sólo hace días entendí que nadie más mira. Me llevaré mis gafas, y me llevaré este cuerpo; unas cuantas fotos, un botecito con agua sucia de lluvia y un manojo de tierra. Si alguien más tiene anhelos de planta, los convoco a escribirme. Me imagino que podremos tumbarnos en comitiva; nos miramos con el tiempo que hemos perdido y compartimos palabras; así alimentamos nuestras ilusiones de palmera o arbusto desordenado. Tardes de sol y riego. Ha llegado el momento de comenzar a labrarnos en tierra. Meter los dedos en el lodo como quien los introduce en sí mismo.

Hoy soy un gran, gran verde. Me sorprende poder moverme. Quizá una roca cubierta de líquenes y musgos con anhelos de buganvilia.