Por los escenarios de El Imperial siguen pasando los años y las bandas. Esta casona, ubicada en el número 293 de Álvaro Obregón, ha logrado destacar entre otro lugares que abundan sobre esa misma avenida, al grado de haberse convertido en un foro necesario para las bandas que buscan consolidarse en la escena musical de la ciudad.

¿Pero qué hace al Imperial tan especial? Acudí a comprobarlo, y qué mejor evento que la presentación de The Chamanas. Desde afuera podría parecer un lugar más en la Condesa, un espacio que podría pasar desapercibido por su simple fachada oscura. Adentro, la casona se divide en dos pisos. El de abajo alberga un diminuto escenario –uno se pregunta cómo ha podido sostener a tantas bandas a lo largo ya de tantos años–, y tiene acabados muy singulares; su aspecto es el de una casona antigua, vintage, semi-oscura, con candelabros y espejos en la pared, estampados rojos y alfombras que lucen gastadas, y una barra ancha de cantina donde se consiguen por $60 Las Imperiales, cervezas artesanales Brown Ale que son reemplazadas una por otra. El de arriba, lounge, club, antro, será para otra historia.

Cerca de las once, se abrieron las cortinas rojas y el grupo que incendió los ánimos fue Costa Felina, grupo conformado por Ramón Cerrilla (voz-guitarra) y María José Báez (voz-sintetizadores). Tocaron canciones de su primer material Ticumán 3-D, de donde destacó “Noche”, canción que invita con su indie pop tridimensional a sentir la explosión azul en una playa paradisíaca con mujeres felinas y oscuras, y un poco de exceso.

Pero la noche estaba hecha para The Chamanas, agrupación chihuahuense que salió con un sahumerio como si de un ritual se tratara. Amalia Castro, con dotes histriónicas, jugaba con sus gestos tomando por momentos el rostro de una autentica chamana que canta sobre la “Maldad”, mientras el olor a copal llenaba todo el escenario. Todo acompañado por Héctor Carreón en la guitarra, Manuel Calderón en el bajo y Alejandro Bustillos en la batería.

No cabe duda que The Chamanas ha encontrado ya la fórmula para tener una base sólida de aficionados que los sigue en cada presentación, en donde corean sus canciones como si fuera música de banda, a todo volumen y a las tres de las mañana en una cantina de Ciudad Juárez. Ellos mismos definen su sonido como “Música fronteriza”, que es una mezcla de letras con feeling y teclados psicodélicos; un sonido que bien podría ser el soundtrack de una road movie por la huasteca desértica y embrujada.

Una a una sonaron las canciones de su material Once Once, disco que toma nombre de esa hora mística, 11:11, y en el que se aparecen presencias espirituales, esas que invocan con sus letras a alguien que se ha ido. Abajo, a escasos centímetros del escenario, jóvenes acompañaban la voz de Amalia; un señor cerraba los ojos a punto de tirar su vaso con su cuba, al cantar “Alas de Hierro” para no dejarse vencer por los amores que matan y después aliviar cantando “Las Penas”. Hasta que llegó “Purple, Yellow, Red And Blue”, punto culminante de la noche, sencillo de Portugal, The Man, y canción que cerró su presentación, cuyas primeras líneas tienen la fuerza suficiente para volverse un grito generacional: «solamente quiero vivir en éxtasis, es bueno para mí, pero ya no lo puedo evitar, deseo sentir, purple yellow red and blue».

Y aunque todavía quedaba la oportunidad de seguir la noche en El Imperial, lo mejor ya había sucedido.