Es inevitable, así como cada generación tiene un casete grabado en la cabeza con los jingles más sonados de la época, cada persona tiene tatuadas en el inconsciente imágenes de la cultura popular de su tiempo. Hablo específicamente de las imágenes de personajes de la publicidad, historietas, dibujos animados de la televisión y películas; imágenes que nos bombardean cotidianamente adhiriéndose a nuestra memoria y convirtiéndose así en referentes que, de una u otra manera, determinan nuestra persona.

Bajo esta idea, y tal vez por una necesidad personal, Emmanuel García Ramírez se apropió, por ejemplo, de la figura de Betty Boop (o Lulú en México), el Pato Donald (o Pato Pascual), Mickey Mouse, Snoopy, La Mujer Biónica, el Hombre Nuclear, Blancanieves, Bob Esponja, Ricky Ricón, el Gato Félix y un largo etcétera. En su exposición titulada Yo deseaba jugar con fuego, recientemente inaugurada en el Polyforum Siqueiros, el artista destapa una reflexión muy personal sobre una condición colectiva.

Y quién mejor para hablarnos de la muestra que el propio artista, muy cierto. Aunque hay algo innegable, él nunca podrá apreciar su obra como alguien externo, no podrá nunca reflexionarla desde afuera de sí mismo. Es por eso, y también por iniciativa suya, claro, que esta vez será el curador de la exposición, Santiago Robles, quién nos comparta su análisis y especulación acerca de los grabados y los dibujos de Emmanuel.

Paloma Oseguera. Editorial.

jugr con fuego

«Si nos quitan el derecho a robar ideas, ¿de dónde van a salir, señoría?».

– Roger Myers Jr., “El día en que murió la violencia”, Los Simpsons

 
 
¿Qué parte de una pieza está realizada de manera digital y qué parte a mano?
 
Me vale encontrar un estilo, ¿para qué?
 
¿Por qué no puedes trabajar con imágenes que hayan utilizado otros artistas si lo que vas a realizar es tu visión personal al respecto?
 
No me interesa hacer una apropiación o una re-significación. Es memoria recuperada y punto. También es la cotidianidad capturada, sin mayor ambición que su representación fiel. 
 

Estas frases, extraídas de una conversación¹ que sostuve con Emmanuel García Ramírez (ciudad de México, 1973) hace algunos años, sirven como guía para presentar el trabajo que nos reúne actualmente. A lo largo de la conversación, Emmanuel, quizás sin proponérselo, planteó una serie de principios que nos permiten identificar a un artista que decanta en su obra distintos elementos para configurar su acervo visual, y que lo hace mediante la apropiación de imágenes con una fuerte dimensión comercial. Imágenes reproducidas infinidad de veces en el último medio siglo, y en medios tan distintos, que la pista de su origen –asociado al colonialismo económico– se ha desvanecido, lo que ha dado paso a la apropiación de las representaciones por el gran público en el imaginario colectivo: con el paso del tiempo, las figuras adquirieron un valor afectivo que constituye una referencia colectiva.

El artista también se encariñó con estas imágenes, yo me aventuraría a afirmar que fue porque están asociadas a distintas etapas o momentos de su vida. Es decir, estamos ante la transformación de lo cotidiano en algo extraordinario a partir de la ampliación de los referentes originales y mediante la utilización de distintas técnicas y materiales para su representación. Los recursos que domina Emmanuel –ya sean  grabados, dibujos o libros de artista–, dan como resultado piezas que albergan el cuidado con el cual almacenamos nuestros recuerdos más preciados. Las divisiones entre manufactura, creación digital y reproducción mecánica se entremezclan a lo largo de toda su obra, lo que genera planteamientos visuales complejos, como cuando relatamos un recuerdo y, en el transcurso del relato, lo vamos enriqueciendo con otros elementos de nuestro acervo personal.

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Preocuparse por encontrar un estilo, ¿para qué?, se pregunta Emmanuel, y yo agregaría: si de cualquier manera encontrarlo es una condición innegable para quienes tienen un compromiso con su obra. A pesar de que el artista, en el acto de apropiación, conforma su archivo con imágenes que se podrían clasificar como genéricas, los resultados son íntimos e inconfundibles. Es el caso de la serie de dibujos titulada Figurama, en la cual los personajes están reducidos a sus formas más esenciales de representación, para mimetizar de manera selectiva y atemporal la vorágine visual a la que nos enfrentamos cotidianamente. Emmanuel nos recuerda con estos pastiches que la invención no consiste en crear algo de la nada, sino a partir del caos en el que estamos sumergidos.

En la década de los cincuenta, la empresa Pascual Boing tomó “prestada” la sensual imagen de Betty Boop para utilizarla como imagen de uno de sus refrescos. Lulú rápidamente se  convertiría en un referente más de la cultura popular de la ciudad de México. Posteriormente, en ese mismo contexto urbano y simbólico, Emmanuel –despreocupado del hecho de que otros artistas la hayan utilizado antes con intenciones similares– retoma a esta figura para producir un vasto cuerpo de obra. Una apropiación es una apropiación es una… y el artista nos ofrece una lección de esto al plantearnos preguntas específicas en torno a la propiedad y al uso de las imágenes que legalmente tienen dueño, pero que todos los ciudadanos sabemos que son nuestras. Las empresas que han logrado crear referentes generacionales con sus personajes deberían considerar sus reproducciones posteriores como un homenaje a su creación. Parafraseando a Jonathan Lethem, si la obra de Emmanuel puede ser considerada como un plagio, entonces nuestra cultura se beneficiaría con más plagios de este tipo.

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En la serie Susy, secretos del corazón, Emmanuel extrae páginas de la historieta original para enfrentarse y enfrentarnos a la educación sentimental de una época (de los sesenta, setenta y… ¿persiste en la actualidad?) en donde podemos observar una heteronormatividad (heterosexualidad obligatoria) basada en roles de género, en la que los personajes femeninos –suaves, planos, sexuales y súper sufrientes– establecen relaciones cíclicas de amor y desamor con caballeros, galanes y vaqueros. En las traducciones que Emmanuel realiza de la historieta esconde parte de los diálogos, invitándonos a completarlos, lo que inevitablemente nos hace partícipes de las situaciones y pone en tela de juicio qué tanto reproducimos fuera del cómic, voluntaria o involuntariamente, el tipo de comportamiento representado en él. O quizás con la serie Susy el artista no pretende resignificar la historieta original. Sin embargo, el hecho de traducir las piezas que la conforman a una técnica de vinil, esmalte y estaño sobre cristal –símil a la utilizada en antaño en algunos establecimientos para promocionar sus productos– varía su sentido original y crea un híbrido en el que el discurso original adquiere una intertextualidad (relación entre uno o más textos pertenecientes a una misma época) a partir de una nueva relación entre lo que nos dice la obra y los materiales que se usan  para decirlo.

Yo deseaba jugar con fuego plantea, en términos generales, una lectura basada en la condición del artista frente a su obra, en el reconocimiento de aquello que le resulta cómodo o incómodo de aceptar como parte de sí mismo, y nos hace partícipes a los espectadores de este proceso. Finalmente, se requiere de valor para mostrarse frente a los demás de una manera honesta, aceptando la complejidad o la polidimensionalidad del yo. Esta tarea, aunque parezca sencilla, se podría equiparar al hecho de subirse al ring para pelear contra uno mismo o al ineludible deseo de jugar con fuego.

Yo deseaba juga con fuego se presenta en el Polyforum Siqueiros hasta el 30 de enero.

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¹Caballero de fina estampa, entrevista a Emmanuel García por Santiago Robles: www.notaalpie.org/2011/08/a-fuego-28/