Malpaís Ediciones publicó este año Refractario, un poemario que se lee con ansiedad y sensación de vértigo. Lo dice claramente Carlos Skliar en el prólogo: «para quien escribe poemas el lenguaje es un tornado, un torbellino, un huracán», y yo diría que, en el caso de la escritura de Eduardo Parra, es una gran ola de Kanagawa pintada por Hokusai que debiera ser usada «para abrir una brecha, un espacio» que nos permita inmiscuirnos y dotar de duración y sentido al instante.

Nunca templada, la poesía de Eduardo Parra, va del hielo al fuego y viceversa. Siempre intranquila, rebelde sin complacencias, nos hace recordar que tanto el fuego como el hielo queman. Ante el lenguaje endulcolorado y falso que se nos arroja en las calles con publicidad y certidumbre, la poesía de Refractario opta por la sal en la herida abierta o por abrir incluso la herida suturada si fuera necesario, porque en tiempos de quietud lo que mejor puede hacer la poesía es inyectar altibajos en los signos vitales.

refractario

Claro es que no hay camino fácil en la búsqueda de sensaciones verdaderas. El mismo poeta nos dice que «el texto no dura / Las verdades se escapan / como peces de sombra inatrapables»; sin embargo, no importa «Cuánto dura erguida la verdad» mientras podamos, auténticamente «lograr que brote desde la negra médula» aunque implique la prolongación del dolor y «los desiertos personales». Ya lo dijo Fabio Morábito: «hablar es lastimarse».

Antes de leer Refractario pensaba en aquella paradoja de Schrödinger en la que el gato dentro de la caja bien puede estar vivo o bien puede estar muerto. Quiero decir que existía la misma probabilidad de que los poemas fueran palabras inertes o sólo estuvieran quietos, esperando salir. El descubrimiento en el caso de Refractario es indudable: adentro sólo hay palabras vivas, de tan vivas que se asoman.

Como dice el poeta: «Asoman las raíces / por el vientre de una maceta rota / El contenido vivo / abomina la prisión del contorno // Aquí lo que florece / es la mano rompiendo / la arcilla polvorienta». La arcilla, por cierto, también es un refractario. Un cuerpo que resiste la acción del fuego sin destruirse. Refractario es lo que sobrevive. Lo que no cede. La memoria del fuego. Porque sólo el material que resiste puede hacer fraguar las nuevas formas.

Ciertamente el poeta nos confirma que «Es insomnio y veneno / el crisol interior / donde se fragua el verso / lo demás / es luz». Yo lo asumo y me retiro lentamente pensando también que «Si algo debe quedar es la palabra». Aquí puedes comprar los libros de Malpaís Ediciones.