Por las calles, en las plazas y en los parques. Abran la voz al ruido; en sus casas, en la casa de la tía, en la esquina de la cuadra, en la panadería, en el supermercado, en las universidades, en los restaurantes, en los cines, en los centros comerciales, en las cocinas y sobre todo en las habitaciones cerradas. Sobre los lechos, y por debajo de ellos también.

Hay potencia en nuestra voz. No hay lugar para el silencio; éste ha pasado a ser del cobarde, del cauto, de aquellos faltos de motivos –son tantos; cómo me acojona; me enfurece entristecidamente-.

El silencio que atesoro, ahora no me sirve. Hagamos bullicio; arranquemos con gritos nuestras raíces de la tierra y proclamemos este Derecho de estar aquí, bebiendo un vasito de limonada, pidiendo caricias, implorando ayuda, reclamando, exigiendo justicia.

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Levantemos con cantos alucinados, al hermano que duerme a nuestro lado. Y también al que, a miles de kilómetros, comparte nuestro sueño. Despertemos al barrio con música estrambótica. Con el ruido de cacerolas que se estrellan y aún conservan restos de sopa de fideos de la abuela.

Quememos los objetos que nos quitan tiempo que nos quitan libertad que nos quitan vida; quememos los estados de cuenta, las listas, las noticias, los datos y usemos las cenizas para plantar ideas, preguntas y alzar cantos. Basta ya de lugares comunes, de pensamientos a granel, de ideas incubadas.

Hay que levantar la cara de frente a la lluvia, de frente a aquel que intimidando busca tejer nuestro silencio. Besar al extraño, más extraño de la calle. Acariciar al perro que aúlla de noche. Preparar té para tres, cuando se sean dos y para cuatro cuando se sean tres: siempre, siempre con la esperanza de aquel que viene en camino, de aquél que también está buscándonos.

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Somos el pueblo con risas y gemidos tan prolongados, tan sangrantes, tan desgarradoramente heridos, que revientan el cristal de las construcciones hechas para aprisionar el alma. Acabemos con la duda de todos aquellos que no saben qué tan alto puede escalar la voz, si ésta, se aferra con las uñas.

Desintegremos en bullicio la posibilidad de la eterna Nada. Arrojar la sangre al aire para dejar flotando un dejo de vida; un eco que reverbere al interior del ser más callado, más oprimido y más estéril. Un alarido que niegue al silencio del que hemos sido sujetos, por fuerza, por desidia,  por voluntad. Abramos los ojos, agucemos el oído: el ruido está pariendo al mundo.

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