a Idalia Ríos Lara

Recuerdo cuando deambulamos entre aquellos chopos y follajes secos, invadidos diabólicamente por cientos de los insectillos tercos, y apenas llegamos a la masía nos tiramos a ver películas de terror y frotarnos de ungüentos. Recuerdo también cuando despertamos muy de temprano para ver en el puerto la caída de agua, y luego bajamos por la cuesta al chiringuito rojo, aquel donde libamos cerveza tibia hasta la madrugada.

Recuerdo una vez tu cara iluminada por una villa lejana que se caía a pedazos, ya muriendo la tarde, y que me hablaste con lágrimas en los ojos de la forma en que caminabas con tu padre. Recuerdo el verano en que anduvimos por la hojarasca de la milpa, y metimos las botas en los pozos lodosos, y te asustaron los arrieros que se acercaron con sus sacos de yute, mal encarados, con sus borregos igual de correosos, y sus perros que nomás nos ladraban.

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Recuerdo una vez pero no en dónde, un invierno que andabas con tu abrigo de lana, las mejillas todas rojas por el frío, y apurábamos el camino para llegar a la plaza y tomar atole con tu hermana. Recuerdo como si fuera ayer cuando dimos con la procesión de religiosos, una familia de negros elegantemente ataviados, que no sabíamos si regresaban o venían del camposanto, y te me fuiste desmoronando por la tristeza, entre roja y blanca, de sus ojos llorosos. Recuerdo un fin de año en la casa de campo (te veías hermosa con tu sombrero de palma), y corriste a abrir el portón a tus primos lejanos, una herrería de fieros dulces colgando, de letras antiguas, retorcidas y oxidadas.

Recuerdo cuando me llevaste al costado del río turbio y crecido, lleno de cuervos musculosos y sapos centinelas bajo los quicios de las puertas, y aquel diluvio me recordó cuando era un crío y apenas al primer trueno me metía en las enaguas de mi madre y me guarecía, y que esa tarde cuando se hubo vaciado el cielo me llevaste a conocer lo que debería llamar luego como un verdadero caldo de pescado. Recuerdo cuando nos bajaron del camión por una llanta reventada, y tuvimos que agarrar nuestros triques y jalar por la autopista, y nos echaron las luces y nos tocaban las bocinas, y nos aventamos hasta la finca a pura pata, entre historias y risotadas.

Recuerdo cuando nos perdimos un rato de la visita guiada y nos metimos al baño a jugar a nosotros un rato (¿te acuerdas lo que hice con tus bragas?), y los tipos casi tiran la puerta a gritos porque supuestamente los habíamos demorado. Recuerdo llegar contigo al hotel que te gustaba por sus cercas llenas de enredaderas, hasta las manos de borrachos, y quedarnos dormidos con todo y ropa (¡con las botas puestas!), y que nos subieron a callar por andar roncando con la puerta abierta. Recuerdo el café tan lindo de esa mañana, el aire limpio en que nos dijimos nos haríamos viejos tomados de la mano, y reíamos y llorábamos por todo lo que nos pasaba, sin saber que al cabo de unos años apenas, no habría de pasarnos nada.


Antonio Calera-Grobet es escritor, editor y promotor cultural. Ha publicado en distintos periódicos, revistas y suplementos. Es autor de diversos libros como En la cúpula de Globe (2003), Gula. De sesos y lengua (2009), Cerdo (2011) Zopencos (2013), Yendo (2014) y Sayonara (2015), entre otros. Es propietario del Cultubar Hostería La Bota, ubicado en el Centro Histórico.

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