«Pensar éticamente el vínculo del humano con lo animal es

pensar nuestra responsabilidad por el sufrimiento de los otros.

¿Quiénes son hoy nuestros animales?»

– Emmanuel Lévinas

Cuando pienso en perros me vienen a la mente algunas imágenes. La primera es que mis últimos encuentros con esa especie han sido más bien desafortunados. Hace un par de semanas cuando volvía a casa un pastor alemán me dio un susto increíble. Días después, otro encuentro con el mismo perro quedaría afortunadamente zanjado con la intervención a tiempo de su dueño. Éste le espetó al animal por su terrible actitud en mi contra y a mí, para mi sorpresa, por provocar al mismo con el olor de mi miedo. Ese segundo desencuentro fue suficiente para cambiar de ruta por el resto de mis días y para retomar aquella vieja costumbre de comer un bolillo para sobrellevar un susto.

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Ilustraciones de Sebastián Leyva Gómora

Antes, otro perro intentó morderme, dejando abundante baba y unas pequeñas rasgaduras a la altura de mi pantorrilla izquierda. Al menos no era Cujo, pensé, aquel viejo San Bernardo al que Stephen King daría vida en su escalofriante novela publicada en 1981. En ella Cujo mata, enfermo de rabia por la picadura de un murciélago, a varios integrantes de la ciudad ficticia de Castle Rock, Maine.

El perro es el mejor amigo del hombre, se dice. Mis situaciones límite, sin embargo, no podrían compararse con la del protagonista de la primera novela de J.M. Servín, Cuartos para gente sola, en la que Edén Sandoval tiene que enfrentar a un perro de pelea para ganar una apuesta en un palenque clandestino. Es curioso cómo en muchas historias el hombre elige pelear, mientras el perro es obligado. Esta novela nos ladra directamente a la cara la pregunta: ¿es lo animal o más bien lo humano sinónimo de la barbarie?

Quizá una de las primeras y más bellas menciones caninas en la literatura clásica se ubique en La Odisea. Allí Homero cuenta casi al final del poema la historia de Argos, el perro de Ulises. El también llamado Odiseo, rey de Ítaca, después de ausentarse veinte años para luchar en la Guerra de Troya, regresa vestido de mendigo para tomar por sorpresa y vencer a los adversarios que acechan su hogar. Argos, ya muy viejo y enfermo para entonces, demuestra que lo reconoce moviendo la cola. Ha esperado durante veinte años a su amo para poder morir; Ulises al percatarse de su noble acción y su triste condición e impedido de poder contestar su saludo, derrama una lágrima de tristeza y sigue su camino. Más tarde, Borges, a manera de homenaje, hará que el protagonista de su cuento El Inmortal le dé el nombre de Argos a un troglodita que se encuentra en la Ciudad de los Inmortales y que resulta ser, en realidad, el gran Homero.

Tal vez Cervantes inauguraría la presencia y participación de los canes en la literatura. En El casamiento engañoso y El coloquio de los perros de 1613, perteneciente a sus Novelas ejemplares, escenifica la conversación entre dos perros, llamados Cipión y Berganza; éstos al descubrir que pueden hablar, comienzan a contar sus experiencias vividas con distintos amos. Dos siglos más tarde, el escritor alemán E.T.A. Hoffman en Las últimas noticias de la suerte del perro Berganza, volvería a dar voz al perro cervantino.

En América Latina podemos encontrar perros narradores y parlantes en obras como Indiscreciones de un perro gringo (2007) de Luis Rafael Sánchez, donde en tono de sátira se transmite el testimonio de un perro que, viviendo en la Casa Blanca, presencia los encuentros sexuales entre Bill Clinton y Mónica Lewinsky. En Estados Unidos, Jack London escribiría un par de novelas perrunas, El llamado de la selva (1903) y Colmillo blanco (1922), que relatan el viaje del instinto salvaje al doméstico, es decir, darwinianamente del perro al lobo y viceversa. El también escritor estadounidense, pero del territorio de la ciencia ficción, Clifford Donald Simak, escribiría la novela Ciudad, publicada en 1952; allí Simak narra, desde el ojo perruno, los últimos años de la epopeya humana o “comedia humana”, como Balzac le llamaría. Los hombres han desaparecido, los perros se reúnen en las noches de invierno y, rodeados de sus cachorros, cuentan sus historias. En ellas hay ironía, ternura y melancolía. La novela es nada más y nada menos que el obituario de la raza humana.

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Ilustraciones de Sebastián Leyva Gómora

También en el terreno de la ciencia ficción, el escritor inglés Olaf Stapledon escribiría Sirio (1944), su novela más humana a pesar de ser protagonizada por un perro. En ésta se narra la vida de un perro dotado de gran inteligencia nacido en un laboratorio. La novela parece ser un estudio elegante e íntimo de la naturaleza humana, y su historia toca aquellos filamentos que Mary Shelly también hubo de tocar en Frankestein o el moderno Prometeo: la relación entre el creador y su creación. En un momento de especial meditación escuchamos al perro Sirio decir: «En los perros la lealtad era absoluta y pura. En los hombres estaba siempre infectada de egoísmo. ¡Cielos! Eran insensibles en verdad. Ebrios de sí mismos no sentían otra cosa. Había algo de rastrero en ellos, algo de serpiente.»

Olaf Stapledon habría de tomar el nombre “Sirio” de las estrellas. Sirius en su denominación latina, es el nombre de Alfa Canis Maioris, la estrella más brillante de todo el cielo nocturno. Se le conoce comúnmente como “Estrella Perro” a raíz de la constelación a la que pertenece, ubicándose en su hemisferio celeste sur. En el Antiguo Egipto, la Estrella Perro marcaba la época de las inundaciones del Nilo. Esta estrella, que en realidad son dos estrellas que se orbitan mutuamente, ha sido conocida y observada también desde tiempos remotos por mayas, griegos y polinesios. Podemos pensar entonces, sin dejar de mencionar a Laika ─la primera perra que viajó per aspera ad astra en la misión Sputnik 2─, que las historias de perros han sido escritas por el hombre incluso en el espacio. Laika (“ladradora” en ruso) tristemente murió en órbita el 3 de noviembre de 1957. No en vano la sentencia latina non est ad astra mollis e terris via, atribuida a Séneca, que afirma: no hay un camino fácil desde la tierra a las estrellas.

La segunda imagen que me llega a la mente cuando pienso en perros, es justamente la de dos entrañables amigos de la infancia. El primero se llamó Peluche y medía no más de 30 centímetros de altura. Un día Peluche salió de casa y fue atacado por un grupo numeroso de perros que no pertenecían al barrio. Al darme cuenta de que lo estaban matando, tomé cuantas piedras pude y decidí ayudarlo golpeando a los otros perros. No pude hacer mucho, me tiré a llorar al grito de ¡Peluche, Peluche! y estuve a punto de tirarles también piedras a mis dos hermanas que impávidas observaban la situación sin hacer nada. Yo tenía ocho años y, como dijo Rigoberta Menchú, allí me nació la conciencia. Quizá la poca o mucha humanidad en una persona se mide por la capacidad que tiene de amar a un perro. Como decía Aldous Huxley, «en algún lugar bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz». Peluche sobrevivió de aquella pelea y murió tiempo después ya longevo. Quiero pensar que quizá nunca olvidó el día en que peleamos juntos.

Hace unos meses un video encendió la indignación en las redes. En él se veía a un trabajador de una tienda de mascotas maltratar a un perro. Algunos animalistas descubrieron la identidad del siniestro personaje y le propinaron, en represalia, la golpiza de su vida. La indignación, depende de cómo se vea, puede ser el indicio de una llamarada de humanidad o animalidad que se enciende.

Unos años atrás una fotografía tomada en Atenas dio la vuelta al mundo. En el movimiento de los indignados en Grecia, un perro se enfrentaba, pata a codo junto a su dueño contra los antimotines que buscaban dispersar una enfurecida protesta (organizada ante las medidas económicas que la troika buscaba imponer sobre la población helena). Al animal le apodaron “el perro antisistema” y ayudó a demostrar que, aunque los humanos no lo hagan, la justicia siempre escoge el lado correcto. A veces los humanos olvidamos que el perro también está de nuestro lado.

El segundo perro del que guardo memoria se llamó Wishbone y era un dóberman de gran inteligencia que mi padre trajo un día por sorpresa. Una de mis hermanas, la que siempre pone los nombres, le llamó así en honor de aquel perrito entrañable que protagonizaba una serie de televisión estadounidense en los 90’s. En la serie Wishbone, un perro parlante de raza Jack Russell terrier, que vive con su dueño Joe Talbot y la madre de éste, imagina en cada episodio ser el personaje principal de una obra literaria, haciendo un paralelo con los sucesos de la vida de Joe. En el primero, Wishbone se convierte nada más y nada menos que en Sancho Perro, el escudero de Don Quijote que lo acompaña en sus locuras a cambio de huesos y de tierra donde escarbar. Entre las historias interpretadas se encuentran Las aventuras de Tom Sawyer, Oliver Twist, Romeo y Julieta y Orgullo y prejuicio. Creo recordar que la mayoría de los episodios terminaban con un final feliz y una gran enseñanza.

Nuestro Wishbone, sin embargo, tuvo un final lamentable. Una tarde oaxaqueñamente calurosa, un enjambre de abejas africanas, que tenía su colmena bajo un puente del ferrocarril cerca de casa, se alteró por alguna razón y atacó a todos los seres vivos que encontró en las cercanías. Murieron gallinas, patos, y alguna vecina terminó en el hospital. A mí me tocó tirarme de la bicicleta, abandonarla a media calle y correr despavorido lejos de mi casa, recibiendo una cantidad nada despreciable de piquetes. A mamá le tocó abandonar los tamales que hacía en el patio, bajo el árbol de mango y esconderse donde pudo. Wishbone, tarde nos dimos cuenta, fue atacado sin piedad y cuando al fin pudimos ayudarlo echándole cubetas de agua para alejar a las abejas, había recibido piquetes hasta en la lengua. Nada pudo hacer el veterinario y al día siguiente lo vimos morir con el corazón acelerado por tanto veneno.

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Ilustraciones de Sebastián Leyva Gómora

De la película mexicana Amores perros extraigo la sugerente imagen del vagabundo y los perros. A partir de un personaje de la película que viene y va por las calles de la ciudad en busca de alimento y un rincón habitable, acompañado de perros. El vagabundo les brinda afecto y alimento, mientras que los perros le devuelven protección y seguridad. Tal como lo cuenta el astrofísico Neil deGrasse Tyson y presentador de la serie Cosmos: una odisea en el espacio, esta imagen devela un poco de la historia de la evolución impulsada por la amistad y la conveniencia entre el perro y el hombre.

La historia se remonta a antes de la existencia del perro, cuando el hombre vagaba en grupos pequeños, por las noches heladas del invierno interminable de la última era glacial y dormía bajo las estrellas, expuesto al acecho de animales salvajes. Ciertos lobos, por variaciones normales en sus niveles de hormonas de estrés pudieron acercarse a los hombres, alimentándose de los desechos que éstos dejaban atrás, sin representar amenaza alguna. Una estrategia exitosa de supervivencia donde los lobos cambiaron su libertad a cambio de una alimentación doméstica regular. Los ancestros del perro se convirtieron entonces en alarmas contra los intrusos, en compañeros de caza. El perro fue evolucionando, acentuando las características que lo hacían más útil y adorable para el hombre, asegurándose su supervivencia hace treinta mil años.

En El mundo de los Orishas Arce y Ferrer plasman una explicación de la amistad perro-hombre, similar a la científica, pero desde la visión de la sabiduría transmitida oralmente en la religión Yoruba, de origen africano, bajo la guía del llamado Egúngún que representa al “espíritu colectivo” de los ancestros. Allí se cuenta que hace mucho tiempo Perro vivía en el monte, como todos los animales salvajes, escondido de los hombres. El cazador intentó muchas veces atrapar a Perro pero al ver que era imposible buscó la forma de convencerlo para construir una alianza. Un día le dejó parte de la comida que llevaba y se fue. Perro probó el manjar que superaba por mucho las raíces y los animales muertos que acostumbraba comer. El cazador lo hizo una y otra vez, hasta que un día en vez de irse, esperó escondido a que Perro bajara. Cuando Perro comía el cazador salió de su escondite y le dijo dulcemente, «si conscientes ser mi aliado, te llevaré a mi casa donde no pasarás frío, comerás caliente y contarás con mi amistad». En ese momento Perro no estuvo de acuerdo y el hombre no volvió por muchos días, haciéndole ver lo acostumbrado que estaba a los manjares. Cuando el cazador al fin volvió, Perro lo recibió meneando la cola en símbolo de amistad. Hablaron durante mucho tiempo hasta que Perro decidió irse con el hombre a casa, dando inicio a la amistad.

La virtud del carroñero en los perros, sin embargo, ha sido despreciada por el hombre, a pesar de haber fungido como unidades de salubridad y saneamiento. La Biblia en algunos pasajes del Antiguo Testamento señala lo desagradable que son esos perros que comen cualquier clase de comida (Ex. 22:31; Pr. 26:11; Mt. 7:6) incluso cadáveres (Jer. 15:3; Sal. 68:23). Charles Baudelaire lo expresaría así en su poema Una carroña: «Detrás de los roquedos una perra nerviosa / como irritada nos miraba, / esperando coger nuevamente el pedazo / del esqueleto que soltó.» El mismo comportamiento carroñero oportunista de los caninos probablemente haya inspirado la figura de Anubis, dios de la muerte del antiguo Egipto, maestro y guardián de la necrópolis o ciudad de los muertos y señor de los embalsamadores que es representado como un hombre con cabeza de perro salvaje, de cánido negro, de chacal aullador, como los perros que pasean por los cementerios en busca de cadáveres.

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Más hacia occidente en el Canto VI del Infierno, de La Divina Comedia, aparecerá la figura del perro Cerberos con la forma de un monstruo de tres cabezas que custodia las puertas del inframundo. Dante y su maestro Virgilio se aproximan a él y lo describen como una fiera monstruosa y cruel que ladra con tres fauces, con los ojos rojos, la barba negra, de vientre ancho y las uñas largas con que clava, desgarra y desuella las almas que penan en el tercer círculo del infierno y que son castigados por glotones. El lado obscuro del perro sería aprovechado más adelante cerca de nosotros.

El militar y colonizador de América, Gonzalo Fernández de Oviedo, cuenta en su Historia general y natural de la Indias, publicada en su primera parte en 1535, que varios perros participaron en la Conquista del nuevo mundo. Algunos de estos perros, luego de los botines extraídos a los indígenas, recibían un pago como cualquier otro soldado español. Aunque ya había perros antes de la Colonia, éstos tenían poco que ver con aquellos que los españoles trajeron, al grado de que los primeros colonizadores incluso los consideraron perros regordetes y mudos. La mayoría de los perros ibéricos, en cambio, estaban entrenados para la guerra. Ya Bernardino de Sahagún, misionero franciscano, a finales del siglo XVI los describiría como animales «con dientes en forma de cuchillas».

Un perro llamado Becerrillo de raza alano, que acompañaba al conquistador vasco Alonso de Salazar, destacó por sus habilidades para dar caza a los indígenas y distinguir a los aliados de los enemigos. Nacido y entrenado en La Españolita, ahora República Dominicana y Haití, fue trasladado después a Borikén, nombre nativo del hoy Puerto Rico. Francisco López de Gómara, en su Historia general de las Indias de 1552, escribió: «Habían eso mismo grandísimo miedo a un perro llamado Becerrillo, bermejo, bocinegro y mediano, que ganaba sueldo y parte como ballestero y medio, el cual peleaba contra los indios animosa y discretamente; conocía a los amigos, y no les hacía mal aunque le tocasen». Becerrillo recibía un sueldo más alto y mayor porción de comida que muchos soldados. De sus últimos días López de Gómara cuenta que fue retirado, tras años de servicio, junto a su dueño Alonso de Salazar a una hacienda que sería atacada por nativos caribes. Becerrillo logró asustar y perseguir a algunos, incluso nadando, por lo cual le dispararon flechas envenenadas. Su muerte fue ocultada y su figura, que había penetrado en el imaginario indígena, fue aprovechada durante mucho tiempo para atemorizar a los rebeldes.

Existen otras visiones que le atribuyen al perro distintas cualidades de lo humano y al humano ciertas características perrunas. En el siglo IV a.C. Diógenes de Sinope inauguraría junto a Antístenes una escuela filosófica llamada “de los cínicos”. La palabra proviene del griego kynikós ─kïonkynós─ que quiere decir “perteneciente al perro” y que era asociado a estos filósofos por su comportamiento un tanto incivilizado, pues llegaron incluso a masturbarse y defecar en la plaza pública como perros. Razones que explican por qué se ha tomado la expresión “cinismo” como sinónimo de “descarado”. Sin embargo, a manera de una severa autocrítica humana ─característica principal de esa escuela filosófica─, el mismo Diógenes decía que «cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro».

En su ensayo “El nombre de un perro o el derecho natural” incluido en el libro Difícil libertad, cuenta el filósofo Emmanuel Lévinas, haciendo memoria de los días que pasó en un campo de concentración durante el régimen nacional socialista de Hitler, que había un perro vagando y sobreviviendo por los rincones salvajes de esa máquina de muerte. Cuando los prisioneros regresaban después de un día de trabajos forzados, ese perro, al que ellos mismos llamaron Bobby, los recibía meneando la cola y ladrando de alegría. Ningún hombre, sino un perro los reconocía como seres humanos. Sólo un animal recomponía la humanidad que el ser humano estaba destruyendo. Tal vez tenía razón el escritor Robert Louis Stevenson, cuando decía que «los perros estarán en el cielo mucho antes que nosotros».