Pasear es, querido lector, caminante-paseante, en otras palabras, marcar el paso: ponerlos (pies) en polvorosa y andar, paso con otro, El CAMINO. Como pasar, pasear por las plazas públicas y no arrellanarse en las alcobas, por los jardines y los patios, las abadías y los conventos, las ruinas arqueológicas, los terrenos baldíos, allá por los descampados, las cañadas y los senderos, por un costado de los ríos, que son los cauces de nuestra memoria.

Pasear como sentar cabeza, hacer tierra, deambular por las estaciones de autobuses, los puentes y las escalinatas, las casitas de los pueblos, las casonas de las colonias de abolengo, por los paraderos (por qué no), de las carreteras, los hostales y sus hosterías, los restaurantes, los altos placeres de la hotelería. Dejarse rodear por los tianguis, los mercados de pulgas y los jardines del arte. Pasar, pasear, andar el camino para calar el alma, lo mismo por los malecones, los puertos, las playas, delinear a pisadas el trazo por frondosos parques, sus monumentos y sus estatuas: entrever, vernos, a través de esos cuerpos de piedra que tan dignamente nos precedieron, y nos vigilan ahí postrados, bajo la lluvia, con la fijeza de su mirada.

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También parar de vez en cuando y descansar de los campos abiertos y los pastizales, parar de vez en cuando y como que no quiere la cosa por museos y galerías, corredores culturales, por los cafés y su historia de añales, las tradicionales neverías, rondar las fuentes de sodas, los internets, las maquinitas. Atisbar también (y que digan misa los más viejos), levantar la cara a las naves corporativas, los rascacielos, los centros comerciales, distritos financieros, pasar revista a las cantinas, los conciertos masivos, las fiestas callejeras hasta entrada la madrugada, ebrios a todo galope entre la palomilla de amigos.

Y todo esto amigo paseante (en serio un reglamento para el que se digne de serlo), nunca de una manera guanga, deslavada, sin cafeína, sino todo lo contrario, con firmeza marcada, que se sienta el calor en los pies, echados hacia adelante para vencer el tedio, la rutina. Marcar el paso como un pulso, una y otra vez (uno, dos, tres y otra vez), paso marcial en el buen sentido, inmarcesible, paso categórico pero templado, enamorados del cauce invisible: paso con otro trazando el lazo, que nos comunica como hombres vivos, extraordinarios: me refiero a tantos y tantos que caminan y cantan al mismo tiempo, que cantan aún desde el hígado, los riñones, el corazón, contra todo, a pesar de todo, no se andan con tiento: andan y andan siempre, a un costado de otro, sin perder el aliento.


Antonio Calera-Grobet es escritor, editor y promotor cultural. Ha publicado en distintos periódicos, revistas y suplementos. Es autor de diversos libros como En la cúpula de Globe (2003), Gula. De sesos y lengua (2009), Cerdo (2011) Zopencos (2013), Yendo (2014) y Sayonara (2015), entre otros. Es propietario del Cultubar Hostería La Bota, ubicado en el Centro Histórico.

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