Hace días una amiga me platicaba de la dificultad que ha notado cuando, al iniciar una conversación con sus amistades, ella responde a la pregunta “¿cómo estás?” con un lacónico pero rotundo “mal”. Ante el acostumbrado “bien” que todos damos por respuesta, la palabra “mal” parece desconcertarnos. Al parecer las personas no queremos lidiar con nada que no sea buena vibra, buena onda y amigable en el sentido más positivo y divertido de la palabra.

De hecho, en el mercado se ha adoptado lo “friendly” como sinónimo de accesible, ergonómico, de fácil adaptación, de fácil uso e incluso amigable con el ambiente u ecológico. Ante una respuesta negativa, me cuenta, las personas parecen no saber qué hacer, qué camino tomar para darle a la conversación un cause quizá más manejable. Hay quienes te intentan animar, los muy pocos se interesan genuinamente por saber los motivos, y los más optan por ignorar totalmente la respuesta ya sea dejándote en visto o brincándose a otro tema.

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El problema se complica si uno contesta “mal” más de una vez al día, o peor, más de una vez a la semana. Todos parecen huir de lo negativo, diciéndose quizá: “demasiados problemas tengo yo como para cargar con los de otro”. Pero la cuestión no se queda allí; parece haber toda una compaña motivacional en las redes sociales para combatir y desechar a esas personas “tóxicas” que nos contaminan con su pesimismo, su “mala racha” o sus “malas vibras”. El problema, claro está, radica en ese “yo”, o mejor dicho en ese excesivo “yo” que contiene la frase de aparente cuidado y auto preservación.

Un video que me mandaron por whatsapp (unos amigos que siempre comparten mensajes para animar el día) lo retrata muy bien. El video se titula “Nuestro gran compromiso es cuidar de nosotros mismos” y, básicamente, proclama un alejamiento de todo lo que nos dañe, oscurezca y afecte. “Distánciate del dolor, el rechazo, la traición”, “mantén cerca aquello que te reconforta y anima” y “represente oportunidades para lograr lo que quieres”, “cuida tu corazón y conoce a las personas antes de entregarles una parte de ti”. En resumen, otra vez el discurso de cero riesgos del que hablamos antes.

Zygmunt Bauman comenta en una entrevista algo que nos puede ayudar a entender mejor lo anterior. Bauman cuenta que una vez le preguntaron a Goethe si él llevaba una vida feliz. A lo que Goethe respondió con entusiasmo: “Sí, llevo una vida muy feliz” pero, agregando después, “no recuerdo una sola semana feliz”. Para Bauman esto está en contra del pensamiento contemporáneo, y es una advertencia. Hemos sido educados emocionalmente por el marketing y las campañas publicitarias, hemos sido seducidos y tentados por nuevas modas para pensar que la felicidad llega a nuestras vidas de una vez y para siempre, de manera ininterrumpida en una secuencia de placeres cada vez mejores. Goethe piensa lo contrario. En uno de sus poemas habla de que la peor pesadilla es una secuencia prolongada de días muy soleados.

Bauman dice que los jóvenes parecen ver la vida como una colección de obsequios extraídos de un contenedor infinitamente lleno de artículos de placer. Las nuevas generaciones no tienen claro que la vida es una larga, muy larga, lucha de problemas a resolver. Y es que parecemos tener todo tan al alcance tras un link o una App que nos hemos acostumbrado a trasladar esa velocidad de acceso online o de consumo a los distintos planos personales y sociales.

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Un ejemplo de ello es el gran mercado de citas liderado por Tinder. Allí se “facilita” la elección a través de una suerte de catálogo de personas, donde un intercambio de likes propicia la conversación. Una canción de Jean-Michel Jarre y Cyndi Lauper describe a la perfección este nuevo fenómeno. “Swipe to the right / Swipe to the right”, “With just a moment of a swipe / To the right”.

¿Pero qué pasa entonces con el sufrimiento de las personas que han perdido a alguien cercano? Hace días, en un programa matutino, daban una serie de consejos respecto a lo que uno debe hacer con su dolor cuando ha perdido a alguien cercano. La sección, para mi sorpresa, se titulaba: “¿Qué hacer para que tu dolor no le afecte a los que te rodean?”. Los consejos daban por sentado que alguien que está en duelo debe además preocuparse para no esparcir su dolor entre los cercanos, en no afectar con su dolor como si de una gripe habláramos.

Hace un par de meses, mi vecina la señora L perdió a su padre. ¿Qué se siente perder a un padre? Afortunadamente no lo sé. He perdido abuelos, tíos, amigos, pero no a mis padres. Por lo que difícilmente me podría imaginar la situación que atravesó la señora L. Menos trataría de paliar su dolor con consejos extraídos de libros de superación o programas matutinos de televisión abierta. En esos casos quizá lo que uno puede hacer es escuchar y en la medida de lo posible acompañar.

En su excelente novela La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero retrata muy bien el proceso de duelo y las dificultades de vivirlo en un entorno en el que se restringe siempre el sufrimiento:

“En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus». Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa).”

Llora

Por supuesto, todos hemos dicho alguna vez “llora, es bueno que te desahogues” y pasado un mes no soportamos más ver que la persona apenas comienza verdaderamente a sufrir. Incluso evitamos preguntar cómo está, quizá para no provocar dolor o quizá para no tener que lidiar con ese dolor.

Dice Rosa Montero: “Yo también dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate. Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, seguramente. Con esto no quiero decir que los deudos tengan que pasarse dos años vestidos de luto, encerrados en sus casas y sollozando de la mañana a la noche, como antaño se hacía. Oh, no, el duelo y la vida no tienen nada que ver con eso. De hecho, la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.”

Esa excesiva negación del sufrimiento es el rasgo principal de nuestros tiempos. Ese mandato por sufrir como si de horarios laborales se hablara (sufrir como es debido). Ese ocultamiento del sufrimiento bajo la alfombra de las exigencias sociales implica una exclusión del dolor y la muerte del orden natural de las cosas.