¿Alguna vez se pudo leer con tranquilidad en la Alameda Central? No lo sé. Lo que sí sé es que en estos días es imposible. El fin de semana, mientras leía asolado En las cimas de la desesperación de Cioran, un desfile tragicómico de buscadores y dadores de felicidad desfiló ante mis ojos.

Primero, un chico al que dejé con la mano tendida, que pretendía venderme paletas de caramelo en forma de corazón para que por medio de ellas yo esparciera felicidad entre los hombres, terminó recriminando mi actitud antipática. Después, un grupo de al menos quince personas cuasi vestidas de payasos con playeras que decían “Risoterapia. Grupo Iztapalapa” me animaban a levantarme a saltar, bailar y sonreír con ellos en medio del estrépito de silbatos, trompetas y globos. Y al fin, por huir del grupo anterior, casi tropiezo con otra pequeña caravana de “hare krishnas” cargada de tambores extraños y panderos . Claro que todos ellos ignoraban que yo leía a Cioran, de lo contrario quiero pensar que se habrían alejado.

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Qué perturbador se ha vuelto el mundo que a uno ya no se le permite gozar de su propia miseria, revolcarse en ella, nadar en ella, sacarla a pasear a las calles y parques como si fuera un perro. Todos parecen huir del sufrimiento y, lo que es peor, todos quieren que huyamos del sufrimiento con ellos. De tal manera que el rechazo a todo aquello que duele se convierte en una insistente invitación, en una exigencia por sonreír y ser feliz siempre. Alwais, alwais, reza la publicidad de las toallas femeninas que te invitan a salir a montar en bicicleta y a caballo, a cantar al karaoke, a saltar en bungee y a subirse al Kīlauea incluso en “esos días”. “Flujo vaginal: pegajoso pero increíble”, “siéntete bien ¡siempre!” dictan los comerciales de todas las marcas. “¿Y si en esos días no tengo ni puñeteras ganas de moverme?”, “¿y si me siento sucia, bochornosa y no quiero salir?”, se preguntaba una amiga ante la embestida publicitaria.

No se trata de un fenómeno exclusivo de millennials, como algunos piensan. Actualmente una industria se erige entorno a la huida masiva del dolor y de las asperezas cotidianas. Yo mismo he conocido a personas que pregonan la búsqueda de una vida positiva a través de las sonrisas. Una vecina, de la que me escondo cada que salgo a la calle y a la que me encuentro inevitablemente al menos una vez al día, predica como si se le fuera la vida en ello lo que podríamos llamar “la doctrina de la felicidad”. “¿Es usted feliz?”, “¿está seguro que es feliz?”, “¿completamente seguro?”, “a ver dígame, ¿cuántas veces ha sonreído hoy?”, me pregunta ametralladoramente mientras yo pienso en una manera cortés y rápida de mandarla al diablo.

La acechanza de la vecina se ha convertido, quizás, en la manera en que el karma me devuelve todo el mal que le hago al mundo. De tal manera que cuando cometo un error al separar la basura o utilizo demasiada pasta para cepillarme o niego un abrazo gratis, sé que ella tarde o temprano me estará aguardando afuera. ¿Dónde quedaron aquellos hermosos días en que había más predicadores de doctrinas religiosas salvíficas que iluminados de la felicidad?

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Vivo arriba de una tienda pequeña de abarrotes a la que, según me platica con preocupación su dueña (llamémosle “señora L”), se le exige cada día más productos light. Refrescos de todos los sabores light, frituras light, chocolates light, galletas light y demás productos que los clientes más nacionalistas solicitan como “bajos en grasa” o “ligeros”. Comenta la señora L sorprendida que “incluso los refrescos y jugos transparentes, aunque no son light, se venden más rápido porque la gente piensa que tomarlos es como tomar agua”. “Que no la chinguen, quieren comer y tomar de todo sin pagar las consecuencias”, se queja la señora L. Dado su desconcierto por la situación le pregunté qué haría para resolver el asunto. A lo que ella respondió, haciendo uso elemental de sus conocimientos en economía neoclásica, que “ante el incremento de la demanda hay que asegurar mayor oferta”.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek, por supuesto, le daría la razón a la señora L. Žižek piensa que “en Occidente estamos desarrollando una cultura absolutamente narcisista”, centrada en el goce sin consecuencias, en la pura positividad. “Los productos que compramos en el mercado han visto cómo su ingrediente perjudicial ha sido eliminado: café sin cafeína, cerveza sin alcohol, cigarrillos sin nicotina, incluso sexo sin sexo.” Todos hemos observado a alguien que en el puesto de comida callejera pide: una coca light, un pambazo, dos quesadillas (con queso), una tostada de pata y una gordita pero, por favor, con poca grasa.

Por lo anterior se pueden entender los dos sentidos que el diccionario le da a la palabra “light”. El primero refiere a un producto con contenido más bajo de lo habitual de azúcar, grasa, calorías, nicotina o de alguna sustancia que se considera perjudicial para la salud. El segundo, sin embargo, hace referencia a aquello que carece de las cualidades esenciales o las ha perdido y resulta insulso o insustancial. Ejemplo de la RAE: un comunista light. ¿Alguien tomaría en serio, se pregunta la RAE, a un comunista light?

Tampoco nos tomaríamos en serio a un cinéfilo light, por ejemplo. Alguien que sólo ve películas para animarse, películas donde las personas no sufren, comedias en las que las personas cambian y el universo conspira para que todo marche bien. He conocido a muchas personas que escogen las películas que verán sólo después de calcular cuánto dolor contiene la historia.

es mas facil fingir una sonrisa que explicar porque estas triste

Lo mismo pasa con el amor. Queremos amar sin ser lastimados, amar sin dolor, amar ligeramente, levemente. Corremos a las librerías en búsqueda de esas recetas para no sufrir. Leemos las lecciones y los tips de Walter Riso sobre “cómo superar la dependencia emocional” o “cómo superar el apego afectivo y hacer del amor una experiencia plena y saludable”, porque por supuesto el amor no tiene nada que ver con meter los pies en la porqueriza y la cabeza en el desastre. En la sociedad positiva vemos todo signo de amor como de dependencia. Todo lazo afectivo como peligro de invasión hacia nuestro espacio vital personalísimo. Todo ente externo se puede convertir en negatividad.

Para Riso “la dependencia afectiva a la pareja tarde o temprano genera sufrimiento y depresión”. El amor de cierta forma aparece como “una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento y lastimarnos (¡auch!) profundamente.” Para Riso y otros muchos “sí es posible amar con independencia y aun así seguir amando”.

Dice Žižek que en euskera el término para enamorarse es maitemindu, que traducido literalmente significa «estar herido de amor». Lo que recuerda al dolor de la flecha de Cupido clavándose en el pecho. Según esta expresión cuando nos enamoramos tropezamos, caemos, nos lastimamos, nos golpeamos, etc., lo cual implica algo terrible para nuestra “salud emocional”. Ante la pregunta de ¿por qué duele el amor?, la socióloga Eva Illouz contesta que lo preocupante no es que duela el amor sino que actualmente creamos que el amor no debe doler; creencia que dice mucho de nosotros los bebedores de cocacolas light y café sin cafeína enamorados.

El filósofo Alain Badiou señala que los habitantes del mundo suave queremos amar con “riesgo cero”, una especie de correlato que en la guerra implicaría “cero muertes” (tal como O.K. pasó de significar “cero muertos” a “todo está bien”). Para Badiou existe una amenazadora seguridad que por medio de ciertos mecanismos de “arreglo de antemano” busca evitar que la circunstancia amorosa se nos salga de control. La poesía existencial que es el amor, dice Badiou, es liquidada en la búsqueda insaciable por la eliminación de riesgos. Tal como predican las aseguradoras: lo lamentable no es morir sino morir sin estar asegurado.

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Todas les empresas y dependencias quieren trabajadores felices. La felicidad aumenta la productividad, alegra el alma, el corazón y literalmente cura. El mantenerse positivo ante las peores circunstancias provoca que de alguna forma extraña todos los males, incluido el cáncer, sean erradicados. ¿Cuántos oncólogos habrá por cada psico-oncólogo? Parece que vivimos la embestida del pensamiento positivo y sí, mi vecina es parte de ella.

En su libro Sonríe o muere, Barbara Ehrenreich busca desvelar esas trampas del pensamiento positivo, comenzando por el mercado laboral. Cada vez más empresas después de despedir a sus empleados los mandan a grupos de apoyo donde se les muestra que no es malo ser despedidos. Todo fracaso es una oportunidad, les dicen. La clave está en la actitud. Sigue adelante sin quejarte. Sobre el mismo patrón, dice Ehrenreich, se puede observar que funciona el sistema financiero mundial y que fue una parte de la lógica que nos llevó a la crisis en la década pasada. Trabajadores de las grandes hipotecarias que cuestionaron el incremento infinito en el valor de las propiedades basados en la especulación inmobiliaria eran despedidos por no creer lo suficiente, por ser pesimistas del sistema. Bienvenidas la incertidumbre laboral y las sonrisas.

El pensamiento magnético, la psicología positiva y hasta la economía positiva son una broma de mal gusto e incluso un peligro. Cuando a Rhonda Byrne, autora de El Secreto, bestseller de superación personal, le preguntaron cómo explicaba el Tsunami del 2006 su respuesta fue tajante: las víctimas habían mandado vibraciones atrayéndolo. Por eso uno podría concluir que tanto el comensal que pide “gorditas sin grasa, por favor”, los clientes light de la señora L, mi vecina que predica la doctrina de la felicidad y las enseñanzas de Walter Riso son hoy el signo de los tiempos que corren.