Como un espectador furtivo, como un espectador que asombrado ante el ruido de un festejo de tintes surrealistas no cambia la dirección de su mirada. Un voyerista, que sólo se logra acercar hasta donde la distancia segura le concede. Quien en ningún momento puede participar, no puede convivir con la víctima, no puede respirar su mismo aire, ni compartir miradas, ni palabras; permanece apartado para vislumbrar todo el paisaje y tratar de comprender lo que está pasando, pero es muy poco lo que la luz le permite, así que se apoya de su odío para construir las situaciones.

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Ese es el sentimiento que invade cuando uno se sienta a ver Noche Buena de Julien Devaux en una sala oscura, en lo que algún día fue un convento y que hoy se ha convertido en el Laboratorio Arte Alameda. Desde una posición privilegiada, el autor nos sienta a poco ver y mucho escuchar lo que son las fiestas decembrinas en Tepoztlán, mostrándonos el cautivador encanto del paisaje sonoro de una tradición que sentimos muy nuestra.

Todo comienza cuando las luces todavía dibujan un poco del paisaje, los minutos pasan, la oscuridad invade el cuadro y aparecen las luces parpadeantes; mientras se acentúan los ruidos incesantes, se intensifica la melodía de la naturaleza para transformarse en música popular; llegan los silencios minúsculos y pasajeros y los cohetes explotan como odas a la alegría. Cuando uno menos se da cuenta el sonido se apodera, más que la imagen, de nuestra cabeza, contando la historia y fungiendo como guía del espectador.

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El documentalista belga, con más de una década trabajando en México, nos hace sentir por más de 20 minutos. Ante un lienzo con movimiento de un paisaje casi inexistente nos permite apreciar la belleza minimalista de un sólo enfoque, el cual derrama sensaciones en los sonidos envolventes que construyen la historias de una Noche Buena.

Noche Buena se estará presentando en el Laboratorio Arte Alameda de martes a domingo de 10:00 a 17:00 hasta el 22 de noviembre.