Mío digo y ya no sé de qué estoy hablando. Esas cosas, sí, esas; son mías. Al igual que míos, decía con orgullo el abuelo de sus libros y ahora son treinta polvorientas cajas por las que no nos dan ni dos mil pesos. Mía, digo yo de tu piel deseando que me la regales, pero segura de que después ya no sabré que hacer con ella. Mío, decía del perro que ahora vive con otra. Mía, esta casa que no tengo; míos, los libros que he robado; mía, la ropa que no me gusta; mis lentes, mis lápices, mis papeles, mi taller, mis manos, esta maldita soledad.

Mío

Nada. He perdido los papeles y el taller quedó desierto. Y si es mío este cuerpo, por qué se siente tan lejano. Una ciudad retacada que no conozco, que no reconozco más que cuando está vacía. Se me ocurre que quizá lo único mío es el espacio; este momento. El ahora y este yo y este yo y este yo y este… Este yo que deja de serlo en el momento en que lo nombro y me doy cuenta de que no puedo retenerlo. Ha echado a andar. Mío, ¿mío de quién? Y no por soltar me siento más libre, porque te resguardo desde lejos. Lo que anhelo es tener posesión de mí; esa soy, precisamente, la que se escapa. Yo, este cuerpo, estás ideas, estas palabras… ¿A quién me pertenezco?

Mía, digo yo de una vida que está tan al margen de mis planes. Mía, de una piel que no me obedece y ya erizada le susurro Silencio. De un mundo que apenas intento comprender y me colma de nausea. Rechazo la responsabilidad de la posesión imposible. No te dejo mi voz porque no puedo. Ni este dolor de espalda, ni la angustia de los libreros vacíos. Una tesis que se escribió cuando tenía yo dos años. ¿Y los tenía acaso, o es ese el recuerdo de otra niña? Un peine de plástico que sobrevivirá a mis huesos. ¿Y si te escucho sin mirar hacia ningún otro lado? ¿Y si te confieso que mi mayor miedo es la muerte? ¿Y si abro la piernas para resguardar tus ganas? Entonces, ¿tendré algo que me pertenezca? ¿Podré sentir yo, que soy de alguien? No hace falta que respondas, creo que ya lo he entendido. Ni mis recuerdos, ni mis noches de lluvia encerrada en ese cuarto en Asia, ni esta tarde que me respiro lento, como si fuese espesa y pudiese acabármela, ni esta maldita sensación de perdida, ni los libros que me robe de su casa; nada. Nada me pertenece. Y aún lo que hoy tengo entre mis manos está, para siempre, perdido. ¿Cuánto pagarán en unos años por estos, mis libros?


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