A mi amigo Gerardo Macías: porque cuando digo audífonos en él pienso.

En una ciudad con más de 20 millones de personas haciendo de todo, todo el tiempo, en todas partes ¿cuántas veces sobrepasamos nuestra capacidad para establecer verdaderos vínculos humanos? Nuestras cabezas esféricas de primates tienen límites y, aunque algunos seamos menos sociales que otros, existe un concepto que denota ese promedio cognitivo.

El concepto se conoce como Número de Dunbar y fue planteado por el antropólogo Robin Dunbar en los años 90’s. También se le conoce como Monkeysphere o Changoesfera. La Changoesfera refiere a los límites cognitivos de vínculos significativos y estables que una persona puede desarrollar y manejar con sus pares. En promedio, según Dunbar, podemos establecer hasta 150 relaciones (afectivas, laborales, etc.) con otros. Mientras más nos alejemos de ese número las opiniones, los intereses y la misma presencia de las personas se convertirán en pura estática, en sólo ruido.

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Quizá eso haya alentado a tomar el camino de la reclusión y el aislamiento en muchos casos. ¿De qué otra manera se podrían nuestros sentidos mantener a flote? Quien viaje todos los días en transporte público lo comprenderá muy bien. Las horas pico en el metro, por ejemplo, dejaron de existir hace ya varios años. Así que las opciones para quien viaja al menos un par de horas estarán limitadas a soportar el estrangulamiento, la asfixia y en el mejor de los casos escuchar algo de música, acompañado siempre de una cantidad nada despreciable de personas. Personas sin voz y sin rostro que nos pasarían totalmente desapercibidas sino fuera porque un golpe, un empujón y hasta un arrimón nos recuerdan que existen.

Muchas imágenes se han utilizado para evidenciar las nuevas expresiones de esa individualidad y reclusión itinerante. Sin embargo, en mis recorridos por la ciudad, la imagen que se me ha hecho evidente ha sido la de los audífonos (invento atribuido a la empresa Bayerdynamic, fechado a finales de 1930). Ese pequeño dispositivo llegó a revolucionar la forma no sólo en que escuchamos música, sino en que interactuamos y compartimos tiempo y espacio con los demás.

Actualmente es más fácil comprar un par de audífonos en el metro que una caja de chicles. Una mirada rápida por los andenes, los asientos del transporte público, los pasillos de las universidades y centros culturales, permite apreciar la alta demanda de los auriculares en todos los estratos sociales, pero con mayor énfasis en el grueso de la población juvenil. Una sola imagen se repite en todos estos lugares y un mismo comportamiento se identifica tanto en los cafés como en los gimnasios: el hombre-audífono.

Este individuo se ha apropiado de los espacios comunes, camina por las calles de la ciudad, come en los restaurantes y en las taquerías, lee en las bibliotecas, hace cola en los supermercados y las tortillerías. Se le ve paseando con sus hijos por los parques mientras, ajeno al trino de los pájaros, escucha su playlist favorita. El hombre-audífono (o la mujer-audífono) se coloca sus auriculares y sonríe, acaba de descargar a su móvil el último sencillo de Maluma o en su defecto el más reciente álbum de su cantante alemana favorita; ha descubierto también que se disfruta mejor una caminata, si al mismo tiempo oye, de la sección “géneros y estados de ánimo” la selección llamada “Feelin’ Good” en su cuenta Premium de Spotify.

El hombre-audífono prefiere el mundo de la “reclusión activa” al mundo de la “libertad negativa”. Decide aislarse, vivir alejado del ajetreo diario y la estridencia de la urbe. Para ello, usa su “libertad”: construye la mejor lista de canciones que se adecúe a su cotidianidad. Opta por la tranquilidad de los oídos sordos al mundo y prestos a la interioridad de una conciencia aparente.

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El individuo con audífonos se dispone a escuchar en el trabajo, el auto y el hogar: jazz, clásica, country, reguetón y cualquier género musical eliminando toda posible interpelación exterior. Prefiere el mundo sin interpelaciones (falto de armonía) al mundo del habla cotidiana. Sin saberlo, al ponerse los audífonos niega al mundo incómodo y sufriente que busca escuchas y pide ayuda. No es su culpa, es quizá la única manera de sobrevivir al golpe mediático y masivo que el exterior arroja sobre él y del que busca huir a una intimidad sin asaltos polifónicos. El hombre-audífono es lo que en arquitectura urbana se llamaría un mono-ambiente, en este caso un mono-ambiente itinerante; una especie de internalización del mono-ambiente, del “solo yo”.

Sin embargo, sin saberlo los audífonos se convierten en una doble trampa. Una ilusión de escape psicológico y una construcción fronteriza ante todos los otros posibles que, al mismo tiempo que lo aísla, impide todo puente de comunicación verdadera. El uso de audífonos aparece como única opción de salvedad posible ante la esquizofrenia auditiva que representa el mundo.

El hombre-audífono piensa que al ponerse los auriculares se protege dentro de un caparazón que, al mismo tiempo que construye su auto preservación, construye también la gran muralla para el otro. El caminante con los oídos prestos puede sin ningún problema ser interpelado por un clamor, por una petición de auxilio. El hombre-audífono, en cambio, se dispone a escuchar Carmina Burana, mientras a unos metros un transeúnte pide ayuda.

Es evidente que no se podría plantear la obligación ni la ética del escucha, en un mundo en el que los auriculares son la barrera que impide la intrusión de aquello que no deseamos oír. Los otrora oyentes pasan a ser hombres-audífonos, decididos a escuchar tranquilamente mundos suaves, ligeros, a la carta (elegidos al gusto); y mientras huyen del estruendo cotidiano de los altos parlantes (de todo aquello que les parece ruidoso y despreciable) van construyendo una inmensa ciudad poblada de sordos.

El hombre-audífono se dispone a estar en otra parte, en cualquier parte excepto en el lugar en el que precisamente está y así se pierde en una intimidad absoluta en una ausencia de diálogo. Huye del ruido, aunque no exista ninguno. Se justifica diciendo que el mundo le grita y por eso opta por retraerse. Camina convencido de que no hay nada importante que oír en el mundo de afuera.

El carácter estridente del mundo triunfa sobre el escucha porque ahora le ha hecho incorporar en él la lejanía. Triunfa porque al negar cualquier posible interpelación le hace negarse a sí mismo, destruyendo los posibles espejos en que pueda verse. El hombre-audífono cree que se ha salvado de la estridencia del mundo de afuera, y en esa creencia se vuelve muro, habitación vacía, hielo.

Las paredes que vienen a ser los nuevos hombres no hablan entre sí. Las paredes son sordas, mudas y sin tacto, por lo que todo vínculo social es condenado. Todo aquel grito de justicia que sea dicho en un mundo de hombres-audífonos nunca podrá hacer resonancia y, desde luego, no obtendrá respuesta. ¿Qué respuesta puede haber en un mundo de sordos para el que pide justicia? Ninguna. En la sociedad de los audífonos no hay política posible.