Se llama Sarıyer. El lugar más recóndito en el que he estado. Son los suburbios a las afueras de Estambul, en Turquía. No hay nada más que una universidad, el puerto, el centro con comercios y algunos edificios de departamentos. Luego de vivir en una de las ciudades más caóticas en el mundo (a saber, la Ciudad de México), es extraño escuchar el silencio en mi día a día. Es un incentivo a la nostalgia, a recordarte, recordarnos, anhelarnos.

La temperatura durante el día no llega a más de los nueve grados centígrados y llueve a cada rato. Es como si la vida me estuviera castigando por haberme ido. Desde luego, vivir así provoca una serie de sentimientos tristes. Estímulos ahogados en la monotonía de despertar, ducharte, vestirte, tomar el autobús a la escuela, ir a clases, comer, estudiar en la biblioteca, volver a casa, dormir (a medias) y repetir.

Se supone que cuando tienes algo que quieres no debes de soltarlo. Yo ya no sé si me soltaron o me solté. A veces uno simplemente necesita irse, dejar todo atrás, mudar de piel, mudar de vida. Intenté quitar la neblina de mi cabeza pero creo que la nublé más. Sigo convencida de dos cosas: 1) para poder regresar hay que irse primero, y 2) todo en este mundo implica un esfuerzo, mínimo o mayúsculo.

Lo único bueno de esta niebla mental y el constante clima deprimente es que impulsa la creatividad. Una creatividad cargada de lo subjetivo que uno vive día a día, o de lo que quisiera estar viviendo. A veces esa creatividad se expulsa en forma de palabras, de textos, de textos sin pies ni cabeza. Pero ahí está: una embarrada de vísceras puesta sobre un documento de Word. Así de hipermoderno se ha vuelto el mundo, así de hipermoderno es amar.

Escribí mis vísceras en español, después las traduje al inglés, las copié en mi libreta, caminé a la parada de autobús, llegué al metro, anduve 11 estaciones, me bajé en Şişhane, caminé hasta Arsenlüpen, busqué a la organizadora del Spoken Word Istanbul, me anoté en una libreta y compré una cerveza.

Me bebí dos de esas… Acá el grado etílico es más alto. Casi como emborracharse con cerveza artesanal en México, pagando el precio de una cerveza en el Corona. Neoliberalismo aparente. Me estaba tratando de armar de valor pero no lo lograba: siempre es aterrador subir a un escenario, por pequeño que sea. De repente escuché mi nombre, “Andrea, please come up here and read us your poem”.

Carajo, y yo buscando el valor en unas cervezas. No quedó de otra. Caminé unos pasos, subí el escalón, me paré frente al micrófono, saqué mi libreta, pensé en ti y empecé a leer. Lo demás sucede después: a continuación invito al amor, a la unión de dos personas, ya sea en este universo o en alguno paralelo.

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 La matemática del nosotros

Por Andrea Rodríguez Plata

En la teoría matemática, la suma de un número real y un número opuesto con el mismo valor es siempre cero. Los números opuestos son los negativos. De esta manera, y sólo por poner un ejemplo, la suma de 1+(-1) será siempre igual a cero.

Cero es la ausencia de valor numérico. Pero, no confundamos, cero no representa la nada, es sólo una ausencia. Es algo así como el color negro que es la ausencia de luz. Eso no lo hace ser “nada”.

Entonces, si yo sumo mi ser más tu ser (que es opuesto al mío por el simple hecho de existir), seremos cero. Seremos la ausencia de valor

Somos la ausencia de valor. Somos la ausencia de un significado más allá del literal. Somos sólo un momento que sucederá, pasará y se irá, así como llegó. Somos el algo que siempre se quedará a medio camino entre ser “algo” e intentar realmente ser algo. Somos el medio camino de nuestras vidas.

Somos el cero eterno. El “nunca” del “siempre”.

[…]

En teoría matemática, la multiplicación de dos números negativos da siempre un número positivo. De esta manera, la multiplicación de (-1)(-1) dará siempre como resultado +1.

Entonces, si yo multiplico mi ser negativo por tu ser negativo, seremos un ser positivo. Seremos el valor positivo. La mejor versión de nuestros propios seres.

Seremos la multiplicación del “yo” y el otro “yo”, y daremos como resultado el nosotros. Nosotros positivo.

Quiero multiplicar todos mis negativos con tus negativos, quiero ser uno solo. En positivo.

Quiero ser el área de tu superficie, el vértice de tus lados, la tangente de tu curva, la diferencial de tu integral. Ser la “x” de tu ecuación, tu fracción equivalente, la línea perpendicular a tu línea perpendicular, el exponente de tu base. Quiero ser la pendiente de tu recta, el radio de tu circunferencia. Ser el “sí” de tus “no” y el “no” de tus “sí”.

No anhelo sumarme a ti, anhelo multiplicarme contigo. Sé mi opuesto, déjanos ser opuestos. Anhelo ser el opuesto de ti. Pero, de qué hablo. Después de todo, nosotros no somos números. Somos sólo el nosotros de tu “yo” multiplicado por mi “yo”.

El “siempre” de nuestro “nunca”.