Cada una de las 18 fronteras de Latinoamérica encierra un fenómeno geopolítico y social diferente, todos con el denominador común del narcotráfico, sin embargo la gangrena de este no infecta de la misma manera a todos los países, tristemente pudre particularmente a cada sociedad.

En el prólogo de Narcoamérica, Roberto Saviano, escritor que denunció en 2006 la organización criminal italiana la Camorra a través de una publicación, presenta a tres periodistas que recorrieron 55 mil kilómetros trazando la ruta de la cocaína: «Las nuevas generaciones de narradores no han querido acudir al revoltijo del realismo, no quieren contar el amor en los tiempos del cólera, no se lo pueden permitir porque no existe más amor para contar sino devastación, cinismo y pobreza. […] Las nuevas generaciones de escritores quieren contar sólo la cólera».

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Fotografía: El Universal

Y tiene razón, porque en un continente que encierra a 15 de los países más corruptos del mundo –en donde el homicidio se vuelve parte del paisaje exótico, un continente que carga con 3 de las regiones más violentas del mundo– se tiene que dejar de creer que el narcotráfico se puede entender sólo a través de balas y gramos.

Narcoamérica, escrito por Alejandra Inzunza, José Luis Pardo y Pablo Ferri, quienes formaron el colectivo Dromómanos, es un libro que recopila este viaje a través de uno de los géneros periodísticos, a mi gusto, más valiosos: la crónica. Porque esta exige por parte de quien la escribe una relación con lo que vive, aquí no son sólo los datos o las estadísticas las que hablan sino los detalles, las personas y la mirada de quién escribe.

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Fotografía: El Universal

Estas tres miradas nos sumergen en «la venta, consumo, transporte, muerte y corrupción que ha provocado el narcotráfico en el continente.» En este recorrido aparece en cada país una manifestación distinta de la gangrena, lo que la vuelve tan complicada de curar.

Así pasamos por las crackolandias en Brasil; la MS 13 y Barrio 18 en las prisiones hondureñas, dónde lo fácil es entrar pero no hay autoridad que asegure la salida; los abusos de la policía en Argentina; lo que significa ser un 22 en Bolivia y Chile; la pobreza de Nicaragua que vive de revender las cargas de droga, hasta Nueva York, la ciudad con mayor consumo de cocaína per cápita del mundo. Así como Estados Unidos no queda fuera de la historia, revelando los casos de corrupción de los agentes fronterizos, México también figura con dos de las historias recientes: Ayotzinapa y Tlatlaya.

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Fotografía: El Universal

Las crónicas de este experimento periodístico son acompañadas por datos y estadísticas que buscan ampliar el panorama y complejizar el fenómeno, porque entenderlo como algo simple es ser negligente. El tráfico de drogas genera 1.5% del PIB mundial, la misma suma que podría cubrir las necesidades de infraestructura y servicios en América Latina.

Este libro re-traza un mapa, social, político y geográfico, llegando a una conclusión que rompe con el cliché latinoamericano, mostrando que el lazo más fuerte que nos une como continente es el de formar parte de la ruta de la droga, la violencia, la pobreza, la injusticia y el crimen organizado; mismos que se muestran como una cicatriz que va de Norte a Sur marcando a cada uno de los países de Latinoamérica.

A pesar de su crudeza Narcoamérica nos deja con hambre de proyectos de este tipo, que planteen nuevas miradas a nuestros contextos socio-políticos-culturales, tan complejos y diversos como lo es el continente.