Es por cómo me siento, y a merced de esto que podré definir una palabra por demás ignorada. Tengo insomnio, un tanto de borrachera y grandes dejos de ansiedades por internet. Intuyo que hace algún tiempo a todo esto se le podía llamar ansiedad por calle o, aún mejor, ansiedad a consecuencia de conocer; pero supongo que son distintas. Éstas también las sufro, pero son sino más tangibles, más reales; ansiedades dirigidas por una ambición personal de expandirse en sensaciones, olores y palabras. Angustias de una imposibilidad de expansión infinita hasta las posibilidades límites del sentimiento. La ansiedad por internet es mucho más seca y tungsteno, burda y simple como comprar la cena en una tienda de conveniencia a las once de la noche.

No puedo dormir. He pasado una tarde de ojos ardientes frente a este monitor blanco que se interpone entre mi cuerpo y el balcón pintado de amarillo sol. Comencé, como siempre, ingenua; esperando terminar algo del trabajo, resolver una duda, leer un artículo, uno más uno más, una biografía, una que no soy yo, otra que no seré nunca… fui devorada, de nuevo. No hay descanso, y ahora me revuelco entre todos ellos: seres que me habitan a través de su presencia en la red. Tengo miedo, miedo de no ser suficiente. Encontré, por ese gusto infame de compararme, el campo agreste e incendiado de los escritores. Reconozco la duda que creía haber enterrado durante algunos días, esta angustia cubierta de inadecuacía. Ansías de un tiempo que me dice: no serás nunca suficiente.

Puedo verla a ella, a él, naciendo el mismo año que yo y en la misma clínica, y que ahora pasean su voz entre las manos de los aburridos que regresan a casa en el metro. Yo no sé quienes son, no los he leído. ¿Podría decir que compartimos batalla? Aquí estoy; este año he leído “Mortal y Rosa” más de seis veces y aún no puedo terminarlo. Estaba bien, ayer por la mañana estaba bien; con mis escritos menores, mis palabras reverberantes, mis dudas y mi deseo solitario de compartirme. Inadecuada como una carcajada en medio de la hambruna. Si se lo confesara a mi madre se enojaría: ¿basta ser adecuado para un persona en todo el mundo? ¿Cómo sentirme oportuna y propia? Pienso en la palabra y todo lo que viene a mi mente es su contrapartida.

Iztaccihuatl

No me acomodo en ningún sitio y es por eso que me estoy siempre moviendo. Me estoy siempre moviendo y es por eso que no me acomodo en ningún sitio. Ayer llegue a Sudáfrica. Quien se acomoda se aburre. Quien se adecua se vende. Pero cómo decir que se vende quien no se considera digno de ningún valor. Adecuado: quien enbona en otra cosa, quien es apropiado para determinado fin o acción. Ser adecuados nos hace ser útiles. No hay nada más inútil que buscarle sentido a la existencia. Repetirlo no me hace entenderlo; quizá si permanece deba cambiarle de nombre.

La inadecuacía es lo que nos hace ser; ser inadecuados, ser nosotros: estos fragmentos de hombres y mujeres. Animales inconclusos que viven buscando completarse un poco más, sólo un poquito más. En el otro, en las acciones: con palabras. Ser adecuado sólo sirve para el otro; ser de utilidad. Soy en el otro. ¡No!, soy en mí y a pesar de mí también: existo. Quienes dicen buscar al hombre, a la mujer adecuada, no están buscando sino una ínfima parte de sí mismos sin la cual no se sienten capaces de pronunciarse completos. El horror de lo que debe ser correcto. Esta inadecuación me hace libre porque no quepo en la idea que ni siquiera yo he formado de mí misma. Cargo arena en los bolsillos del pantalón para poder meter las manos en él cual esté confundida, contagiada de ciudad. Inadecuada me lleno de insomnios e inseguridades, que gozo en silencio.

Si me preguntasen ¿qué buscas en el otro?, contestaría: Quiero adentrarme en los luminosos resquicios de su inadecuacía. Compartir mi ser de mujer fragmentada, perdida en la inmensidad de un mundo que ha sido todo revuelto de tradiciones. Compartirme con un ser de hombre, de mujer, de animal destajado: medio rostro en una mueca de dolor; la otra mitad, riendo. Me siento en sus regazos. Nos sentamos uno al lado del otro en el suelo: uno, dos, tres tragos por erradicar del mundo todos los deseos, los resquicios de adecuacía. Vámonos quemando sin ritmo, inconclusos, desencajados, deformes: no hay otra forma de vivir que ardiendo en el fuego de nuestra inadecuacíon.