No quería escribir de este libro porque me va a dar mucha hambre. Más bien, ya me dio hambre. Voy a la cocina y pongo pan de bolillo que tenía en el congelador a calentar en el horno. Al abrirlo, diez minutos después saco los panes ahora con su cubierta dorada. Rebano a la mitad y cubro su migajón con frijoles refritos por un lado y aguacate por el otro. Tomo un trozo de queso panela que tengo en el refrigerador y corto dos rebanadas del grueso de una chuleta. De ahí mismo saco el jamón serrano y los chiles en vinagre. Quince minutos y dos cervezas después regreso a mi escritorio.

Tal vez lo primero que debería de hacerse con tremenda Gula es una advertencia: este libro se lee despacio, sin atragantarse. Cometer el pecado de la Gula y leerlo en un sólo día provocaría indigestión, ya que cada tanto tienes que detenerte por un tentempié, galletitas o cacahuates, o algún postre como helado de agua o unos esquites. Otra mejor advertencia sería acompañar este libro con un par de sal de uvas, o como menciona el mismo escritor citando a Woody Allen en este recopilado gastronómico se necesitaría un “Alka Seltzer existencial” al pasar por tantos recuerdos y sabores, ambos mezclados a lo largo de esta obra.

Describir el libro es también describir un platillo. Hay entradas fuertes y pequeños bocadillos de pensamiento, que te llevan por un camino culinario recorrido junto al mismo autor de la famosa Hostería La Bota. Siempre me ha parecido muy interesante esta mezcla de labores que tienen a Antonio Calera-Grobet siendo algo así como nuestro propio Anthony Bourdain (necesitamos un productor de televisión que le de su propio programa). Su libro también funciona como Glosario de recetas de cocina y podría ayudar a uno que otro que esté despistado a conocer los mejores lugares en donde se puede comer en la Ciudad de México.

Desde los sabores sencillos como lo es una tortilla calientita (¿por qué llamar la comida en diminutivo siempre la hace más apetitosa?) y la creación de una salsa molcajeatada hasta las complicadas recetas que cubren el menú en La Bota, Antonio es un verdadero fetichista del calor del horno, talentoso como su muñequeo a la hora de saltear en el sartén, y proveniente de esa misma cultura mexicana que nos hace sentir culpables por no poder parar ante tantas y tantas opciones de comida; de ahí que sentimos la Gula.

Gula

De sesos y lengua es el subtítulo, y este hace más referencia a las memorias y charlas que se atraviesan entre cada comida que a los ricos tacos de barbacoa que se puede uno comer con salsa verde, de esa a la que le dejan el hueso del aguacate adentro “para que no se eche a perder tan rápido”, según dice el taquero, y por qué no creerle si hasta te sientes orgulloso de decir que es “tu taquero de confianza”. Como podrán notar es difícil concentrarse con este libro, así que me despediré haciendo esa firma volátil levantando mi mano para ver si me alcanza o me quedo a lavar los platos.

Este es el libro que vino con una copa de vino, un brindis, como diciendo “Salud y provecho”. Les recomendaría seriamente visitar Hostería La bota para probar una de sus sopas de hongo junto con una cerveza oscura bien fría y pedir de sobremesa un ejemplar de este libro. Les juro que de separador van a utilizar el mondadientes, o las pastillas de menta Usher si no se las comen justo al llegar la cuenta.

Encuentra este libro en La Chula Foro Móvil o en Hostería La Bota.

Jorge Plata es director de Svarti Ediciones, pueden leer más de él en Citas&Quotes o Estoyenelchisteequivocado.