Cuando en el capítulo piloto de Girls (Lena Dunham, Estados Unidos, 2012-2017) la protagonista afirma que es la voz de su generación –o al menos una voz, de alguna generación– es porque lanzaba un grito desesperado hacia sus padres, quienes acababan de informarle que ya no seguirían manteniéndola.

Hannah Horvath, el personaje de la ficción, se desarrolla poco a poco hasta encontrar su propia voz. Sin embargo, Lena Dunham, la creadora, guionista, directora de la serie televisiva e intérprete de Hannah, propuso en ese instante una arriesgada pero precisa afirmación: ella es la voz de una generación, de mi generación.

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Previo a Girls, Dunham realizó con muy pocos recursos Tiny Furniture (2010), largometraje que indaga sobre la vida de una joven tras terminar la universidad. A modo de preludio, la directora y guionista plantearía desde ese entonces el tema central a explorar a lo largo de las seis temporadas: el devenir de las mujeres jóvenes [millennials] que tienen poca noción sobre qué hacer y hacia dónde dirigir sus vidas.

Y es que lo que sucedió fue que comencé a ver Girls justo cuando estaba por terminar mi licenciatura. La resonancia del primer capítulo en relación con mi propia vida fue no sólo evidente y muy agradecida sino que también plantó en mí una indiscutible curiosidad para proseguir viendo los siguientes capítulos.

Es un hecho que Dunham no está sugiriendo algo nuevo, pero no es en lo que dice sino en cómo lo dice que podemos distinguir en Girls un contenido original. La serie se aleja de los argumentos televisivos tradicionales desde la escena primera y hasta la final: los personajes no son aspiracionales pero sí auténticos. El seguimiento a la vida de cuatro mujeres jóvenes quienes nos dejan descubrir sus constantes defectos más que sus virtudes provocó durante seis años aceptar las vulnerabilidades como punto de partida para la identificación con la audiencia.

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A pesar de que los episodios son narrados a través del punto de vista de las féminas, la serie se equilibra con personajes masculinos igualmente bien permeados que acompañan en un ir y venir a las protagonistas. Si bien ellos se revelan (a veces) más sosegados en relación a cómo resolver sus vidas, el acercamiento dual en torno a las relaciones románticas de pareja es tan agrio como asertivo; es decir, el envolvimiento emocional en la espectadora es por reconocer real y verdadero lo que suscita la serie.

Girls habla fuerte y con potencia porque habla de que la vida no gira en torno a los hombres ni las relaciones de pareja, tampoco en torno al trabajo perfecto ni la materialización de los sueños universitarios, habla de que la vida gira en torno a encontrarse a una misma. La búsqueda de la identidad es la construcción de la misma. Hannah Horvath, así como Marnie, Jessa y Shoshanna, crecen con base al fracaso escoltado por nuevos intentos y nuevos fracasos. El enorme énfasis a la validez de no tener toda tu vida resuelta es algo que remite a la reflexión sobre el hecho de que cada persona tiene un ritmo de crecimiento individual distinto y que, si eso significa tomar rumbos desiguales con los que alguna vez estuvieron presentes, eso está bien.

Esta obra audiovisual prevalece libre de estereotipos, mientras también es propositiva en su discurso para el imaginario colectivo. Lena Dunham, actualmente de 30 años de edad, proyecta una ruptura sobre los prejuicios estéticos del cuerpo femenino que Hollywood exige a las actrices todos los días. La creadora mantiene la opinión pública de aceptar a nuestros cuerpos como son, algo que refuerza a través y durante toda la serie al mostrarse sumamente cómoda frente a su corpulento cuerpo desnudo, teniendo relaciones sexuales, usando bikinis diminutos, etcétera.

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Girls es importante porque es honesta. Mucho del contenido fue construido a partir de experiencias personales de Lena Dunham, quien gracias a su ingenioso método narrativo puede llevar a la audiencia de la risa al llanto en un pestañeo. Si me lo preguntaran, el secreto en el éxito del programa es a partir de lo bien pensado y calculados que están todos los elementos. Ya sea la fotografía, actuaciones o edición, la autora junto con su equipo de trabajo le dan el mismo peso a las locaciones que a la musicalización. Mi predilección hacia esta premisa es con el departamento de vestuario el cual pronuncia capítulo tras capítulo la evolución y/o estancamiento emocional de los personajes con atuendos que recalcan la singularidad de cada una de ellas.

El pasado 16 de abril fue transmitido el capítulo final de Girls. La asertividad de finalizar la serie ahora es algo que como fiel seguidora agradezco a los productores no porque Dunham ya no tenga más por decir, sino porque ella misma reconoce que es momento de cerrar el ciclo y avanzar hacia nuevos contenidos. La última temporada la cual se presta por si sola a un análisis tanto de cómo atar los cabos y líneas argumentales como de la significación de la maternidad [millennial], refuerza dentro de la ficción la postura de que al cicatrizar es que se puede avanzar.