Qué sería de nuestras decepciones sino hubiera guitarras…

Pa cantar y llorar…

Trago a trago me estoy acercando más a tu orgullo…

– Tomás Mendez[1]

Sin Historia no se debería contar el presente.

Con tanta historia como el mismo hombre, las sustancias que alteran el comportamiento han construido un camino de venturas y desventuras; destilados, fermentados, hierbas naturales y compuestos químicos dan ejemplo de los usos recreativos, psiquiátricos y psicológicos que dan sentido a los ánimos de los seres humanos.

Con uno flujo de emociones constantes avanzamos y damos sentido a lugares que dejan huella en el consiente colectivo.

Este camino de letras inciertas busca describir una historia que se cuenta a voces colectivas y se recrea en acciones diarias, buscando en el tiempo olvidado, el tiempo constante, un recuento de lo que pasa cuando el hombre se crea y se recrea en lugares en los que se usa alcohol, drogas y música, que lo mismo son visitados para la diversión o la decepción, y que forman parte de la cultura mexicana.

*No te pierdas Estridencia-México-Alcohol (parte 2)

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Garibaldi, “la última y nos vamos”

En México se toma muy enserio la herencia, y más aún la herencia cultural. Generaciones van y generaciones se recrean brindando con tequila, mezcal, pulque, cerveza y a ritmo de letras como “Yo sé bien que estoy afuera… pero el día en que yo me muera… sé que tendrás que llorar”[2]. Disfrutamos de la vida.

La antigua “Plazuela del Baratillo”[3] (1869-1928), hoy Plaza Garibaldi, ahí donde se encuentra el “Callejón de los locos” (1869-1928), podría ser la corona de la fiesta en México, un altar a sus ídolos que se puede recorrer; músicos, intérpretes y compositores sientan un referente que hay que mencionar antes de tratar de recorrer el estridente camino del alcohol y la música en México, figuras como: “José Alfredo Jiménez, Lola Beltrán, Javier Solís, Lucha Villa, Pedro Infante, Juan Gabriel, José Ángel Espinoza Ferrusquilla, Cirilo Marmolejo, María de Lourdes la reina de los Mariachis, conforman las huestes de la música a la que recurrimos para llamar a los sentimientos, el baile y la ingesta de alcohol.

Lugares como el Tropicana, El Tlaquepaque, el Salón Tropicana o el histórico Tenampa enmarcan el jolgorio del que se puede disfrutar a las orillas, la alegría que recorre cada espacio de la plaza se diversifica a ritmo de huapangos, música norteña o mariachi que por unos pesos le permiten a uno deleitarse.

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La India

Fe, música, alcohol y tradición ¿Cuántos lugares pueden ser todo en uno? La elegante cantina de la India lleva más de 100 años, desde 1915 a la fecha, encontrando un lugar no sólo en la modernidad del siglo XX, ahora nos reencuentra con la tradición en pleno 2016.

En 100 años este lugar podría contar más historias que las que una sola vida puede encontrar en su andar, como nos narra Héctor de Mauleón en su libro “El Derrumbe de los Ídolos”[4]. En una de sus crónicas reencuentra al “Usurpador Victoriano Huerta” herido de bala a las puertas de esta memorable cantina.

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El actual dueño y excelente anfitrión Don Manuel Piñón, rememora otros tiempos, las costumbres, los valores, el cambio de hábitos de bebida. Fiel testigo de los cambios generacionales, nuestro Virgilio del mundo de la bebida inicia el trayecto de este descenso a la historia de los hábitos de la ingesta de alcohol enumerando una serie de hechos que ahora parecen imperceptibles, como que hasta hace unos años las cantinas eran sólo para hombres, la tradición dictaba que era un lugar en el cual se podía reflexionar, llamar a la nostalgia, cerrar negocios o aventurarse en el mundo del domino o el cubilete.

Entre las anécdotas se podría derrumbar la fama de muchos. Se cuenta que aquí solía beber el “Chamaco Sandoval”, compositor de muchas letras que hicieron a famoso a Agustín Lara, y que como pago recibía alcohol. El último trago nunca llega cuando los placeres a los que induce la bebida resplandecen ante el adicto, la poesía emana, la lujuria crece, y el valiente resplandece; sin embargo, mal manejada induce a la miseria y replica la tristeza de los infortunios.

Pero, ¿qué sería una historia de las cantinas mexicanas si sus creencias no estuvieran presentes? En 2003 el Centro Histórico era un lugar inseguro (bueno, no es que ahora no se corra peligro, la violencia está en todos lados); tras una racha de asaltos la administración de La India no encontraba respuesta, hasta que un amigo del lugar le obsequio “Al Niño Ciego” que viene de Puebla, el cual se muestra vigilante en la esquina de Bolívar y República del Salvador.

Sería importante contar la historia que a este santo le precede: “Se cuenta que el Niño provenía de Morelia, dañado, pues un asaltante al entrar al templo donde el Niño residía ambiciono tanto que decidió arrancarle los ojos que engarzaban bellas esmeraldas. El tormento acallo al ladrón, y al ser recuperado el Niño fue enviado a Puebla para ser reparado. Al ser regresado a Morelia, se cuenta que el Niño rechazaba los ojos y lloraba sangre”. Bien, dice la frase que “hay que colgarle el milagrito a alguien”, y en este recinto se le adjudica una tranquilidad al lugar que se jacta de ser de las pocas cantinas que aún conserva muchos de los rasgos originales de las mismas.

El recorrido podría ser interminable, y al igual que la historia que se lee en libros, puede tener sesgos, pero este recuento de historias que se cuentan en tres tiempos diferentes (presente-pasado y futuro) apenas comienza.
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[1] El mundo sin guitarras. Tomás Méndez. (fuente)
[2] El Rey. José Alfredo Jiménez. (fuente)
[3] Una plaza que tiene antecedentes de casi 200 años, “hacía 1830 en ese lugar se asentaban pulquerías(…), 1847 se encontraba el mercado del El Baratillo, donde se vendían objetos, baratijas de segunda y tercera mano(…) (fuente)
[4] De Mauleón. H. “El Derrumbe de los Ídolos”. Cal y Arena. México. 2010.