Los hermanos Edmond y Jules de Goncourt compartieron el oficio de la escritura; en un mismo cuaderno consignaron sus vivencias y sus ideas. La adhesión es tal que parece trivial, además de imposible, distinguir quién escribe qué. Es sorprendente la vigencia que este texto conserva, a pesar de que estemos ante un gran cuadro de época del siglo XIX.

El contexto de los Goncourt no podía ser menos caótico. El Segundo Imperio francés padeció grandes sacudidas artísticas, culturales y políticas. Su escenario: los bulevares de Haussmann; sus colores y líneas: las del realismo literario y pictórico. Es aquí donde emerge la producción literaria de los hermanos, quienes son mejor recordados por haber iniciado la titánica redacción de un diario desde 1848, tarea apenas frustrada por la muerte prematura de Jules, y concluida hasta 1896.

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Una traducción completa al español de esta obra supondría una labor inconcebible, sino es que innecesaria y tal vez sólo de valor para especialistas (una edición francesa fechada en 1956 conjuntaba 4,000 páginas del diario goncourtiano). Por ello, como una pequeña pero relevadora muestra de esa extensísima tarea, la editorial mexicana Editorial Magenta nos presenta la estupenda traducción que abarca la escritura de los Goncourt durante 1863. No es un año entre tantos: en 1863 Manet presenta su Olympia y su Desayuno sobre la hierba. Los modos de ver y pensar de la sociedad francesa comenzaban a fracturarse.

Antes de pensar en este diario como una reliquia, conviene preguntarnos: ¿qué hace de este documento algo no sólo históricamente valioso, sino también sumamente entretenido? Dentro de los muchos tipos de diarios que abundan en la literatura occidental, podemos señalar dos vertientes principales: aquellos que nos interesan por lo que nos dicen de su autor de sí mismo mediante el análisis psicológico y emocional, y aquellos que nos interesan por la galería de personajes que desfilan en él. Es decir, aquellos que interesan por su expresividad histórica.

En este segundo tipo de diarios adquiere mayor presencia el trasfondo social, el clima político, la veracidad de los personajes en cuestión. Así, el diario, más que la puesta en escena de una subjetividad, se vuelve el testimonio de una época. El caso del diario de los Goncourt es extraordinario en ese sentido: logra balancear la discusión pública con la privada; el mundo exterior con el interior. Sumergirse en sus páginas no es sólo sumergirse en las altas esferas burguesas de la Francia del XIX, sino también en las mentes atormentadas y nerviosas de sus creadores.

En un artículo sobre Federico Gamboa —uno de nuestros pocos diaristas mexicanos—, José Emilio Pacheco señalaba que el proyecto literario de los Goncourt iba a la par de la corriente realista en Francia, y añadía que tuvo una gran repercusión en Hispanoamérica. Visto así, ¿será que el diario literario es un realismo más efectivo que la ficción «realista» porque logra narrar la experiencia de vida tal y como se vive? Tal vez.

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Sin embargo, afirmar que el diario de los Goncourt es realista, no resulta del todo convincente. La escritura fragmentada y viñetística apunta, más bien, hacia la búsqueda de una nueva escritura moderna, congruente con las transformaciones de la época. Escriben los hermanos: «¡El genio tiene ahora un cuaderno de apuntes!». La modernidad de los diarios de los Goncourt es también crítica: desmitifica a todos los grandes nombres de las letras francesas: Hugo, Voltaire y Rousseau.

Asomarse a lo diarios de los Goncourt es también emprender una lectura a contrapelo de las versiones oficiales de la historia francesa, así como de toda clase de lectura solemne y monolítica del arte y la literatura del siglo XIX. Los coprotagonistas de este diario —Georges Sand, Saint-Beuve, Gustave Flaubert, Alphonse de Lamartine— aparecen de carne y hueso, tan contradictorios como torpes; a veces mezquinos y bufonescos; otras, histéricos, nerviosos e inseguros. Nada tan alejado del solemne relato que ha construido el canon literario. Esta vida intelectual, como podrá comprobar el lector, estaba fundamentada en el chisme y el socialité. ¿Suena familiar?

Entre todos estos «invitados especiales», tal vez los más entrañables sean Théophile Gautier, fundador del parnasianismo, quien lanza escandalosas opiniones cada vez que puede, o Charles Baudelaire, a quien nos describen viviendo frente a una vía de ferrocarril para observar el tránsito de la muchedumbre, quien podía verlo trabajar si dejaba la puerta abierta. Otra graciosa anécdota lo describe llegando con retraso a una reunión y pretextando: «Perdón, se me hizo tarde, vengo de chupársela a mi madre».

A propósito, el sentimiento de desafuero e inconformidad que persiguió a los hermanos durante prácticamente toda su vida, a pesar de provenir de familias acomodadas, aparece fielmente reflejado en sus páginas. La crítica corrosiva a la vida moderna, la burla a las hipocresías de políticos, periodistas y artistas, la ridiculez de la vida y el gusto burgués son algunas de las constantes del diario, y son temas que de hecho se repiten en los diarios de Baudelaire. Con un estilo sentencioso, puntiguado y pulcro, escriben los Goncourt: «Poseer y crear, las pasiones vivas del hombre. Es la propiedad». Este tipo de juicios morales se reverbera en el diario goncourtiano.

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No menos fascinante es la ambientación que los hermanos describen con la economía verbal propia del diario íntimo. Son lugares cerrados, tapizados de rojo, en los que el humo de las pipas nubla al espectador, extraviándolo en cuartos suntuosos y siniestros, y donde sólo se puede olfatear la embriaguez y la enfermedad. Los personajes son extraños, enigmáticos y perturbados. Tal vez sea eso aquello que el crítico italiano Mario Praz señaló como «algofilia»: un placer ante el sufrimiento patente en varios siglos de la literatura europea. En otras palabras, el gusto por la morbidez. Escriben en una entrada dispersa el 8 de marzo: «Tal vez sólo haya una cosa realmente existente, algo que verdaderamente se encuentra en la vida, el sufrimiento físico».

Magenta ha editado un admirable trabajo que implica la labor de traducción —es un reto familiarizar al lector contemporáneo con la exquisitez de la Francia decimonónica—, así como el formidable prólogo que inaugura al texto. Gracias a la publicación del diario de los Goncourt, logran recordarnos que la gran literatura también puede nacer del trabajo editorial, de las charlas casuales, de las comidas y las cenas, de las pequeñas sensaciones y de los burdos acontecimientos extraliterarios, de las rabietas y los chismes, en fin, de todo aquello que siempre hemos creído demasiado alejado del proceso creativo.