Es hora, caminante amigo, no me dejará mentir, de poner las cosas claras, los pies en la tierra y decir que, esa idea romántica de que en las plazas públicas se ejecutan las revoluciones y en las alcobas encontramos aún la zona de confort para el descanso de las manifestaciones, el escenario irreductible del amor, suena en estos tiempos algo “fuera de borda”, pasado de moda.

Caminemos. Si bien el mismísimo Marx (Groucho Marx quién más), defendiera en el libro Camas a las ídem como herramienta multifacética para el descansar del humano (una lúcida y desternillante revisión de la plancha en la que pasamos un tercio de la vida), en carne propia es cosa pública y bien sabida que, eso que llamamos sueños (y entendidos estos como poesía en el mundo que queremos), querámoslo o no, no se yerguen precisamente ahí, arranados bajó la colcha calientita del bienestar. Y nadie lo sabe mejor que usted (¡reconoced lo evidente!), que lejos de su virtud reconstituyente, esa que fuera nuestra cama amiga ha dejado de consentirnos con sus cinco minutos más de sueños incandescentes, como la arena preferida de la “educación sentimental”.

Captura de pantalla 2017-03-15 a la(s) 15.34.30

Nunca más. Aquí y ahora lo que rifa es caminar, metafóricamente o de manera real, hacer cada quien su camino al andar (como trajinan desde siempre Machado y Serrat), sobre todo cuando ya de nada nos sirve rezar, querido amigo, sólo nos queda hacer camino al andar (¡y ya sabemos de memoria lo demás!). Por eso marca el paso duro el “caminando que es gerundio”, que no se vale hibernar como en capullo, menuda tarea por lo demás, si atendemos que al caminante se le exige, discernimiento a ojo veloz, pesos y medidas, sopesar, con el rabillo del ojo y el entendimiento, entre lo jodido y maravilloso al caminar, en fin, de una manera u otra, composición en tiempo real. ¡La verdad! Sin llorar.

Claro pues, está bien, para ver claro lo que sucede, lo que acontece en la plaza pública en general, arrimarse a lo que pasa con todos los demás, ir y regresar con bien de la polis, marchas, deliberaciones (¡recórcholis!), variantes de mil acciones que hay que desenredar. Y bien a bien ya lo apuntaba el mismo Marx en un momento de debilidad. “Hay miles de cosas que hacer todos los días. Fuera la colcha, salto de la cama, me dispongo a enfrentarme con la vida”. Y es que la verdad, amigo, no se vale descansar, dormir para olvidar. Mejor darle con todo a la calle, que es la neta, oírnos respirar al aire libre, planchar la banqueta, darle con todo a nuestro estado proactivo, al verbo caminar en infinitivo, a todo dar, sentirse vivo al andar.