Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
preso en su movimiento ensimismado

tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra obscura.

Octavio Paz

El Paseante se espabila y emperifolla, sale de casa con el vaho por delante. Parece el mismo pero un ánimo lo mueve: ha despertado con el deseo de descubrir su ciudad nuevamente. ¿Qué pátina quitó a la urbe su carácter de surtidor de epifanías, su magia inmanente? No lo sabe ahora de cierto pero lo sabrá en unos días. Primero dejará que la zanahoria aleatoria lo arrastre por sus vados y subidas, rápidos y remolinos, crestas y valles que llevan a laberintos y pasadizos. Tratará de dejarse llevar por una nueva dimensión, meterse por donde uno no debe o no se ha atrevido, buscarle tres pies al gato del camino, cortar las calles como un tiburón. En otras palabras: fuera los determinismos todo le será cometer la fuga en un mapa de anhelos, un tablero de ajedrez para nuevos movimientos. Desde que amanezca hasta que anochezca, todo será vagar, errar, no habrá más un hábito o una rutina, deberá inventar al paso un rumbo familiar. ¿Que si habrá algún método para este nuevo deambular?

Pues sí, claro, el que cada Paseante quiera experimentar. Una chica guapa con su perrito a la derecha es señal de doblar a la izquierda, y un fortachón corriendo por la izquierda es señal de doblar a la derecha. Y viceversa. Luz en verde: derecha, luz en rojo: izquierda. Niño con paleta: apretar el paso, y camioneta que vende quesos: tomar un descanso. ¿Viejito sentado en el parque? ¡Seguir por doscientos metros! ¿Señora con los hijos de la escuela? ¡Cambiar en un tris el derrotero! Y más. ¿Si de pronto llueve una tempestad? ¡Baje usted del taxi y póngase a caminar! Si de plano ya quiere parar, siga un par de horas más con un espresso para llevar. Porque márgenes ya no hay. Linderos en todo caso, más o menos claros, más o menos disueltos. Y cuando su cuerpo desee un laberinto, dele entonces uno verdadero: métase por los vericuetos, por los pasajes secretos, que nadie le diga qué hacer. ¡Vuelva a la poesía por sus propios fueros! Corra, desbóquese, déjese ir sin reproches.

Usted es, al mismo tiempo, mi querido Paseante, el barón rampante, un gran mosquetero, el más rico de los magnates, un mortal cruzado por Eros. Usted es, mi querido Paseante, el mismísimo Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”, un león que se ha escapado y avanza con toda su furia. ¡Mire nomás su semblante! Y no se desanime: camine. Cambie todos los rojos por los siga. ¡Prosiga! Por el mapa escondido, el mapa bucólico, por el mapa desconocido, el mapa melancólico: el mapa que nos mantuvo ocultó este paraje diabólico. ¡Salte por las bardas, olvídese de los mojones, olvídese de las trabas y los malditos cartabones! ¡Haga de la ciudad, su deidad! ¡Haga de las suyas, majestad!

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Antonio Calera-Grobet es escritor, editor y promotor cultural. Ha publicado en distintos periódicos, revistas y suplementos. Es autor de diversos libros como En la cúpula de Globe (2003), Gula. De sesos y lengua (2009), Cerdo (2011) Zopencos (2013), Yendo (2014) y Sayonara (2015), entre otros. Es propietario del Cultubar Hostería La Bota, ubicado en el Centro Histórico.

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