Cordero de Dios (Anne Fontaine, Francia/Polonia, 2016, 115 min.) podría ser fácilmente el equivalente en género femenino de Silencio (Martin Scorsese, 2016). Contemporáneas en su producción, el tema central de ambas pone en jaque la práctica del catolicismo. En vísperas del término de la segunda guerra mundial, un grupo de monjas polacas quienes fueran víctimas de violaciones por miembros de tropas soviéticas, encuentran ayuda con sus embarazos en una joven doctora francesa.

La maternidad como factor detonante provoca en las religiosas la apertura a la reflexión y al cuestionamiento de la propia fe. Las variables perspectivas de las mismas en relación a lo que es y está bien o mal será vencida ante la sugerencia de que en el adoptar cualquier creencia como absoluta también hay una estrechez de idear.

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La puesta en escena, clave para enmarcar la quietud y lo sobrio de un convento, también funge como alegoría de todo aquello que se calla: el miedo, la inseguridad, la desconfianza, el trauma. La actriz Lou de Laåge al personificar a la doctora Mathilde otorga una imponente evolución en su carrera actoral; con suma elegancia, neutralidad y ecuanimidad el personaje es el elemento externo que contrasta y sobrelleva la situación hacia una importante introspección personal y profesional.

Dios con de mayúscula pues se refiere al Dios católico. A pesar de que la interpretación del título en español alude a los hijos procreados pero no deseados como los corderos de Dios, el filme en su contenido se ahorra doctrinas moralinas, posturas radicales o conductas martirizantes. La propuesta va mucho más allá: en el ser monja también se es mujer y en el ser mujer también se puede ser madre.

Proyectándose en la Cineteca Nacional y en Le Cinéma.