Si en la idea de vivir hay algún milagro es que podemos existir durante una temporada desatiendo al caos. 

Cuando pensamos en África, vemos safaris o guerras civiles y gente muriendo de hambre. Tal vez este continente sufra de los mismos estereotipos que sufre nuestro país. La literatura, las noticias son los que nos dejan en esa ceguera. Este fue el incentivo principal del autor al escribir sobre el continente africano. Kenia es el país en dónde empieza toda la travesía de Binyavanga: su infancia, las horas difíciles en la escuela y la crisis de adultez que pega cuando decide estudiar la universidad a miles de kilómetros de casa, en Sudáfrica, reencuentros de familia en Uganda, amigos que vuelan a Estados Unidos, una vida que todos vivimos.

Nos faltó creer que éramos y nos sabíamos posibles desde el principio.

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Encontramos una Kenia multifacética entre las páginas del libro. Una Kenia moderna mezclada con una rural, una con diferentes grupos étnicos. El inglés y el suajili, dos evidencias de dos mundos que han logrado convivir a lo largo de las décadas.

“Los corresponsales internacionales de grandes dictáfonos, jeans sucios y quinientas palabras antes del whisky, están repantigados en los sillones de terciopelo rojo […] buscando una historia que contar: el muerto más muerto a machetazos, el más corrupto de los corruptos del fisco, la guerra más guerra y más civil con más devoradores de entrañas, el más dictador de los dictadores con sonrisa de cocodrilo, el genocidio más sobrecogedor para ganar el Pulitzer, el niño más negro, más hambriento […]”

Recorremos la historia del autor bajo el soundtrack ochentero de Michael Jackson, la moda, los bares, los paisajes y caemos en una realidad diferente a la que teníamos anteriormente. Además de ser un buen libro capaz de transportarte junto al autor y perderte en su mundo de pensamientos filosóficos y cerveza, encontramos los estereotipos que llevaron a Binyavanga a responderle a su editor cuando él le dijo que la historia no parecía africana. Pero bueno, tal vez si cambiara los coches por elefantes como nosotros le hacemos con los burros, tendría las ventas esperadas por su jefe y podría ser un best-seller del New York Times. Sólo digo.

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